"Una obsidiana que no sabía que era obsidiana"

por Sara Pérez Méndez


Mi nombre es Tijax soy una mujer nacida en la selva tropical, específicamente en la ciudad de Tikal. Nací bajo la protección del Tz’ikin una noche de luna llena, hoy tengo 25 años y pertenezco a la nobleza, mi abuelo fue rey y mi padre es escriba de la corte. Generalmente visto huipil por el calor que hace y también porque se me hace muy cómodo. Mi pelo es largo, nunca lo corto, a veces me lo trenzó o me lo trenza mi madre o mi abuela, sobre todo cuando estoy tejiendo. Desde pequeña aprendí el oficio del tejido y me gusta mucho hacerlo porque mis prendas las creó yo, es como traducir mi universo a formas.

Desde pequeña he observado escribir a mi padre y desde entonces surgió en mí un profundo deseo por poseer el conocimiento de la escritura. A mis doce años manifesté mi deseo y mi padre me enseñó, pero no lograba completar las características que necesita un escriba. Al inicio pensé que no lo lograba por mi poco tiempo de práctica así que seguí adelante escribiendo cada día, buscando adquirir los conocimientos necesarios para poder ser la escriba de la corte. Mi tío, el señor de Tikal, me observaba cuando escribía y después de un rato de observar mi actitud me apretaba el hombro y me sonría sin decir nada, yo sentía que era en señal de apoyo, pero el futuro me mostró lo que él me intentaba comunicar.

Al darme cuenta de que mis intentos eran fallidos decidí dejar la escritura y empecé a sentirme triste porque me sentía incapaz de realizar mi sueño, dejé mi posición en la nobleza y empecé a vivir con la gente de los alrededores.

Al principio me costó adaptarme al sistema de vida, pero eso me permitió conocer más de mí. La casa en la que vivía me fue dada por mi padre que creía fielmente que iba a regresar y eso me molestaba porque estaba segura que no pertenecía a ese lugar, ya que no era capaz de desarrollar lo que yo creía mi don, así que deje de hablarle esperando que algún día él entendiera lo que yo creía mi naturaleza.

Al llegar a mi nueva casa empecé a cultivar mi jardín gracias a la ayuda de un vecino que me enseñó el oficio del cultivo, me costó mucho al inicio aprender, pero poco a poco fui entendiendo que para sembrar se necesita conectar con la tierra y me di cuenta del valor tan grande que tenía ella en mí vida y en la de todos y todas, sin ella no seriamos nada.

En esta nueva vida seguí tejiendo y mis tejidos empezaron a reflejar el amor que sentía por la tierra. Empecé a llevar una vida diferente, pero monótona, no me llenaba lo suficiente. Me vi envuelta nuevamente en una crisis existencial, mi cuerpo enfermó de tristeza, me sentía sin ganas de vivir, así que mi madre me llevó con la sacerdotisa y ella me ayudó a curar el alma. La sacerdotisa me guío hacia el encuentro del camino que había perdido, pase meses junto a ella, lo único que quería era morir para que un cuerpo con más fuerza sostuviera mi consciencia. La sacerdotisa me hizo una ceremonia en donde me dio medicina que me ayudó a regresar a mi fuerza y comprender mucho más mi conexión con el universo, aun así seguía en busca de mi motivo de estar acá.

Un atardecer fue el que me devolvió la vida, yo lo miraba y poco a poco llegó a mí la voz de mi consciencia, entendí que estaba aquí para recordar quien yo era, energía que se transforma a través de la iluminación del ser, y fue en ese momento en el que comprendí que debía evolucionar como persona para poder escribir como los escribas, tenía que encontrar lo sagrado en mí para encontrar lo sagrado en los demás. De esta manera empecé una peregrinación hacía la selva en donde no habitaba nadie, al estar completamente sola pude verme, pude ver mi ego y lo empecé a sanar. En esa soledad profunda y con él conocimiento que cada día adquiría de mi misma y de la vida, iba fluyendo mi creatividad, mi amplitud para observar cada situación y por fin encontré lo que tanto estaba buscando, descubrí que yo quería contar la historia de mi vida y de mi pueblo en el tejido, combinando las formas y los glifos.

Decidí regresar a la civilización, pero esta vez no regresé a la casa de cuatro paredes, está vez regresé a la plaza a presentarme nuevamente ante mi linaje. Mi tío, el señor de Tikal, fue el primero en recibirme, me dio un gran abrazo y me dijo: “ahora veo en ti la escritura que antes no podías leer” y en ese momento descubrí que mi tío siempre supo que yo era escriba, pero que necesitaba despertar para poder crear lo que él universo tenía escrito para mí. A partir de ese momento me dediqué a hacer historia en el tejido, yo contaba mi historia y la de mi pueblo, me sentía muy bendecida haciéndolo. También encontré otro don en mi tiempo de soledad, al conocerme a mí misma me di cuenta que podía ayudar a los demás a encontrarse con sí mismos y su camino, así que empecé un sendero como sacerdotisa, fui bautizada y protegida por la sacerdotisa que me regreso a la vida, de ella aprendí a usar la medicina, a leer el fuego y a escuchar a los ancestros y ancestras.

Mi vida se transformó, regresé a donde inicié, el universo sabía porque nací bajo este linaje y hoy soy feliz ayudando desde la escritura y desde la sanación.




 

Sara Pérez Méndez

Aprendiz de artista. Canalizando los latidos del corazón en poesía, teatro o canto.

Estudiante con pensum cerrado de la Licenciatura en Arte Dramático en la Universidad San Carlos de Guatemala. Actriz y directora teatral, con cuatro puestas escena dirigidas, una de ellas ganadora del primer lugar en el Festival Teatrero de Antigua Guatemala 2019.

También ganó el primer lugar en el Concurso de Poesía Visual de la Editorial POE.


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