"Siempre lo supe"

por Gabriela Ladrón de Guevara de León


Siempre lo supe. Desde niña lo había sabido. Mi abuela dijo que desde el día que nací, la nube negra estuvo sobre mi cabeza. La verdad, mi vida no había sido mala: una niñez común, una adolescencia sin nada relevante. Nunca fui buena estudiante, pero me gustaba hacer deporte y leer. Sí parece una combinación rara, pero era lo que más disfrutaba: jugar futbol en el equipo de la escuela y leer, leer todo lo que llegaba a mis manos: novelas, cuentos, poemas…. Hasta la Biblia.

Nada en mi vida había mostrado alguna peculiaridad. Sin embargo sabía que había algo extraño: las miradas de mi abuela, las expresiones de mi padre, los llantos sin motivo de mi madre. Y sobre todo, el que no tenía hermanos. Una vez oí decir a mi abuela que la maldición no me había llegado, por eso era mejor que yo no tuviera hermanos. Así era la vida y yo la aceptaba.

Hasta que llegaron las pesadillas. Acababa de entrar a la universidad y cada noche empecé a tener pesadillas angustiosas que no recordaba, pero que me hacían despertar bañada en sudor y jadeando. A veces hilaba dos o tres y poco a poco, dormir se convirtió en un calvario. No soportaba que llegara la hora de acostarme. Me llené de tareas académicas, conseguí un trabajo, todo para evitar dormir.

En la casa me decían que estaba fatigándome sin sentido, que si quería, podía dedicarme a estudiar sin necesidad de trabajar, mis padres me apoyarían. Pero no trabajaba por necesidad económica o porque quisiera adquirir experiencia profesional. Trabajaba para agotarme y dormir sin tener pesadillas.

A veces sí, estaba tan cansada que caía de inmediato dormida. Y dormía sin sobresaltos unas pocas horas hasta que me despertaban las pesadillas imposibles de recordar. En otras ocasiones, no podía cerrar los ojos. La angustia me invadía y era mayor que las mismas pesadillas. Estaba aterrorizada. No me atrevía a dormir por miedo a tener pesadillas.

No me malentiendas, la noche en sí, la oscuridad, no me daba miedo. Tampoco los ruidos nocturnos o la soledad. No le tenía miedo a ladrones o delincuentes. Tenía miedo a las pesadillas. Pero deseaba dormir con todo mi corazón, dormir como piedra y sin soñar.

Paradójicamente, mi desempeño escolar era muy bueno, mucho mejor de lo que había sido en cualquier momento anterior de mi vida. Y sin embargo, me sentía muy mal. Llegó un momento en que el presentimiento de que algo terrible pasaría me empezó a seguir a todos lados: en el transporte, en el trabajo, en la escuela.

Seguía viviendo como si nada, tratando de mostrarme lo más natural posible, pero esa sensación de desastre inminente me ahogaba. Decidí buscar ayuda: la psicóloga solamente me daba largas y me recomendaba sesiones tres veces por semana. El sacerdote fue muy amable, pero solamente me escuchó y me recomendó ir con la psicóloga. La tarotista me mandó con el sacerdote. Estaba en un espiral que me hundía cada vez más. Y las pesadillas continuaban.

Llegó un momento en que decidí que era mejor que pasara ese cataclismo que me amenazaba. Todo era mejor que la espera. Mi salud se resintió: adelgacé mucho, tenía el pelo quebradizo y sin vida, estaba ojerosa y con la piel seca. Eso no era vida. Al llegar el fin de año, coincidían mis vacaciones en el trabajo y en la escuela. Pensé que eso me enloquecería, así que decidí dejar todo por dos semanas. A lo mejor el cambio de aires me aliviaba la angustia.

Comenté con mis padres que necesitaba alejarme para poder descansar y relajarme. Hice una pequeña maleta y me fui a la casa de mi abuela en un pueblo cercano. Ahí sabía que iba a estar sola, tranquila y a la vez, acompañada por mi abuela. Apenas llegué, ella me vio y me dijo tristemente: -“Tienes las pesadillas.” Yo no entendí, pero imaginé que ella sabía todo, así que le solté varias preguntas, todas las que se me ocurrieron. Y ella me explicó.

Mi familia está maldita. Mi bisabuelo se “robó” a mi bisabuela cuando ella tenía doce años y se casó con ella. Mi bisabuela era la niña mimada de su familia, no tenía ninguna relación con el bisabuelo, pero a él, ella le había gustado y se la había robado un día de regreso de la escuela. La familia de la bisabuela la buscó por todos lados. La encontraron casada y con 8 meses de embarazo, unos días antes de que cumpliera 13 años. Ella escapó del bisabuelo y regresó con su familia. El bisabuelo, furioso, la siguió y la reclamó como suya. A fuerzas, se la llevó. Eso le adelantó el parto y murió desangrada. La madre de mi bisabuela lo maldijo y con él, a toda su descendencia, incluido el niño que había nacido prematuro. Nunca más supieron de ella.

El niño prematuro fue criado por el bisabuelo. El pobre huérfano de madre, tuvo desde su adolescencia, pesadillas angustiosas, terribles e informes. Nunca las pudo describir. Mi abuela se había casado muy joven con él, ella tenía 16 años, él, 18. Era un matrimonio por amor, pero que se vio ensombrecido por la maldición. A los dos años de la boda, nació mi padre. También él había sido víctima de las pesadillas, pero él empezó desde la infancia. Por eso, mis abuelos habían decidido no tener más hijos. Finalmente, la angustia se llevó a mi abuelo en medio de una pesadilla, cuando él tenía poco más de 30 años. Mi abuela nunca se volvió a casar.

Mi padre desde niño tuvo esas horribles pesadillas. Los medicamentos y la terapia psicológica lo ayudaron a llevar una vida más o menos normal. Conoció a mi madre y se casaron. Cuando nací yo, pensaron que la maldición había terminado. Yo era mujer, seguramente a las mujeres no las atacaría. Y así fue por un tiempo. Creían que yo estaría a salvo. Pero aun así, mis padres decidieron que no tendrían más hijos.

Al oír esa historia comprendí que mis pesadillas eran precisamente la angustia de mi bisabuela, una niña arrancada de todo lo que amaba y de su propia vida. Entendí el desgarrador grito de su madre. Sí, entendí todo. Ese era el momento en que todo caía en el lugar preciso. Cada pieza encajaba. Toda mi vida me había preparado para esto, para el sacrificio supremo. Y finalmente, estaba dispuesta a aceptarlo. Mi vida por la de ellos. Cerré los ojos y avancé. Una vida por otra. A lo lejos, vi a mi abuela observarme orgullosa.




 

Gabriela Ladrón de Guevara de León.

Mexicana. Doctora en Educación. Profesora- Investigadora en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Narradora oral, escritora y amante de la literatura. Su poemario “Ciudad: Mujer en movimiento” ha sido publicado por Enero Once Editorial.


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