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"Quiquiriquí" por Ángela Almonaci

Ya, no seas tan mujercita. Son gallos, carajo.

María Fernanda Ampuero, Pelea de gallos.



Los pinches gallos nunca se callaban. Ni un segundo. Llevaban su insignificante pelea por ver quién era el más gallo a un extremo ridículo. Así fue siempre, día y noche, lloviera o no lloviera, tronara o relampagueara, ellos se encargaban de traer el bullicio al que mi familia ponía tanto esmero en repeler. Yo sonreía con la boca hecha una rebanada de sandía cuando notaba sus gestos de incomodidad al ver su silencio desbaratado.

Mi rabia no cabía en mis reclamos cuando una mañana, al despertar, me enteré que los habían matado para prepararlos con mole. La cazuela con el espeso líquido marrón hervía indiferente, con la amenaza de sumir mi casa en un infierno de orden que acabaría por convertirme, tarde o temprano, en una de ellos. Y eso no iba a pasar de ninguna manera.

Como una especie de venganza, decidí no probar ni un solo bocado del platillo con el que pusieron fin a la vida de los animales. Por más que mi mamá rogó para que le diera el visto bueno, me excusé alegando un dolor de panza terrible, que se convirtió en diarrea de cuatro días y terminó con vómitos de agua en la madrugada. Me la pasé entre pastillas y té de cedrón, pero al menos pude alterar la calma con mis gases fingidos, mis eructos huecos y mis paseos de sonámbulos.

Igual el gusto me duró poco, porque en cuanto la falsa enfermedad cumplió el plazo adecuado de recuperación, volvió la atmósfera sombría que esa vez parecía más implacable que antes: mi mamá callaba de un manotazo la música que fuese más alta de lo aceptable; hasta la más mínima mancha en el piso, o huella de mis tenis con lodo, era reprimida con un soplido de mi padre; y por si no bastaba, mi hermano también respingaba por mis tonos de voz y mis bailes en la sala. A todo ello respondía con más provocaciones del mismo tipo, sin embargo sabía que si quería hacer un cambio importante necesitaría algo aún más astuto.

Mi primer acto de nueva rebeldía violenta consistió en empezar a fumar en las habitaciones sin ninguna distinción. Fumaba en el baño y dejaba la puerta abierta para que el humo se esparciera en los pasillos. Me terminaba dos o tres cigarros en la cocina antes de que los demás se sentaran a comer y me aseguraba de dejar las colillas a simple vista, para que ellos mismos tuvieran que dejar su ritual para salir y tirarlas a la basura. El olor y los restos de mi alarde no consiguieron la reacción que esperé porque solo me pidieron fumar en el patio y lavar mis dientes para evitar mal aliento. Los cartuchos de nicotina dejaron de ser una opción.

En seguida me las arreglé para conseguir un gato, callejero y ya adulto, para que resultara más problemático el hecho de tenerlo dentro. El intento se quedó en nada. Apenas lo vieron, se dedicaron a llenarlo de caricias y mimos, por el pelo ni se preocuparon y consiguieron un cepillo. Se volvió su consentido y, como si supiera que solo quise usarlo, Alfredo, que fue el nombre que le escogieron, dirigió todos sus arañazos a mi cuerpo, orinaba mi ropa y vomitaba en mi cama. Él también se puso en mi contra y sacarlo ni siquiera era una opción. Antes habría salido yo con todo y mis cosas si se me ocurría hacerle algo a Alfredito.

Uno tras otro, mis planes de rebelación fueron cayendo, todos terminaban, o volteados hacia mí, o convertidos en beneficios involuntarios para el régimen de pulcritud y armonía en el que ya no podía aguantar un segundo más. Derrotada, resolví que mudarme era la única alternativa que me quedaba. Era muy joven todavía, no tenía edad de dejar el nido y aun con eso, mis ánimos se encontraban desgastados y sin ganas de seguir con la guerra que cada vez perdía más sentido; ellos eran tres y yo una sola alborotadora, tarde o temprano terminarían por echarme. Conseguí ahorrar lo poco que ganaba en el trabajo de medio tiempo hasta que me alcanzó para un lugar no lejos del pueblo, pues quise permanecer cerca de ese ambiente frenético que tenía lo rural y que tanto me encantaba. Arreglé los papeles, di el primer pago y uno más de adelanto, empaqué mis cosas y en el día en el que se suponía me marcharía, aparecieron.

Las noté cuando me desvestí para tomar el último baño en mi cuarto y me miré en el espejo, allí estaban, en mis nalgas. Al principio pensé que se trataba de pelusa de los calzones o restos de papel higiénico, pero entre más las observé pude comprobar que ahora llevaba pequeñas plumas blancas. Eran diminutas, como las de los pajaritos o los pollitos recién nacidos. Tomé las pinzas para depilar y las arranqué con saña, que no valió la pena porque entre la sangre que se secaba, aparecieron otras más grandes que las primeras. Repetí el proceso hasta que me quedó la carne viva, palpitante y rosita. Al salir del baño el plumaje formaba un bulto que iba desde la cintura hasta el culo, siendo esas últimas las más largas y coloridas. Tuve que cancelar la mudanza y posponerla hasta que arreglara mi asunto.

En una semana no consideré conveniente salir de mi habitación; todo se volvió más difícil de ocultar, y no quise que me vieran para llevarme a la fuerza con un doctor. Creí en ese momento que el estado al que me acercaba la metamorfosis era el ideal para causar un cataclismo en la familia; además la transformación en sí misma era una señal para moverme de mi comodidad: mi cuerpo entero tenía que cambiar para lograr un avance significativo hacia el derrocamiento de la monotonía. Me desperecé de la cama y fui directo al jardín donde los tres reposaban al calor de la tarde.

La cara que pusieron cuando vieron que no traía pantalones puestos, y en su lugar dejaba ver unas patas amarillentas y flacas, fue uno de los primeros premios que obtuve por mi radiante morfología. Se desquiciaron y maldijeron al cielo y al infierno, su muchachita andaba con lo que parecían ser patas de pollo. Pero la cosa no terminó ahí; de golpe me volteé de espaldas y les puse las plumas verdes de la cola enfrente, meneando cada una de ellas con las manos y haciendo ruidos de gallo, o de gallina según viera sus muecas de espanto o escuchara los maríasantísima salir entre suspiros de la boca de mamá. Mi hermano se acercó y me despojó de mis plumas esmeralda de un jalón, gritando como enfermo que todo era una broma de mal gusto. Merece un castigo ejemplar, muy largo, repetía fanfarroneando de su autoridad adolescente.

Me metieron de los cabellos, a nalgadas y empujones por mal portada y me ordenaron que despintara mis piernas y usara algo como la gente decente. Como sabía que los rasgos de ave se acentuaría al poco rato -seguro que la cola se volvería más frondosa y amanecería con cuatro dedos en vez de cinco-, me encerré entre carcajadas y cacareos.

Al día siguiente me levanté antes de que el sol saliera y me puse a cantar a un lado de sus puertas. Canté y defequé en el piso como el animal que era. Agité mis alas y dejé que el polvo que de ellas salía se pegara en las cortinas del ventanal. Mis padres salieron y me tomaron de las patas, las amarraron y me desmayaron de un puñetazo en la cabeza.

No sé si todavía siguen preguntándose por su hija desaparecida o si ya la han olvidado al darse cuenta de que se está mejor sin mí. Intuyo que sí, que me han dado por muerta. Pero sé que triunfé ante ellos, los vencí al convertirme en lo que más aborrecían: un animal ruidoso. Aunque a veces Alfredito pasa al lado mío y vacía toda su miada en mi rostro, no me quejo porque desde el gallinero, viviendo entre mi mugre y mis corucos, interrumpo su paz para hacerles saber que yo soy la más galla.



 

Soy Ángela Almendra Almonaci Buendía, vivo en el estado de México desde que nací. Estudio en la facultad de filosofía y letras de la UNAM. He publicado cuentos en la RUME (red universitaria de mujeres escritoras) y también en Espejo Humeante. Escribir es mi forma de resistir, de pelear contra el transporte público, contra el miedo que siento al abandonar mi casa todas las mañanas. Escribir me permite caminar con la cabeza en alto porque ya no me siento inofensiva y desprotegida.





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