"Parque"


por Diana Nieves Armenta


Hoy la abuela me trajo al parque. Llevaba semanas rogándole a mi mamá para que lo hiciera pero tiene días encerrada en su cuarto. Casi no la veo, papá dice que está bien, que necesita descansar. Supongo que llevar a mi hermanito o hermanita dentro debe ser pesado para ella. Por eso ya no la molesto, no entro a su cuarto, si quiero algo se lo pido a mi abuela porque eso me dijo mi papá que hiciera. Pero estoy tan aburrido en casa que me moría por subir a los juegos. Así que aquí estoy, corriendo hacia ellos sin saber a cuál subirme primero.

Hay pocos niños, en los columpios no hay nadie y corro hacia ellos. Mi abuela me grita que tenga cuidado con las cadenas oxidadas, no sé de qué habla. Pero creo que lo dice porque los columpios han cambiado de color. Antes eran rojos y ahora son de color café oscuro. Me columpio, quiero llegar hasta la cima. Una vez vi a un niño que lo hizo muy rápido y llegó tan alto que dio toda la vuelta. A mí también me gustaría hacerlo pero nunca lo logro. Mis pies se levantan, ya no pesan, siento que vuelo y voy alcanzar las nubes. Llego lo más alto que puedo, me aviento e imagino que lo hago para salvarme de una gran explosión, como en las películas. Caigo al suelo, me levanto con la cara y la boca llena de tierra. No me dolió pero siento las piedritas que truenan entre mis dientes cuando intento hablar y escupo, me sacudo la cara con la manga de mi suéter para limpiarme. La abuela parece asustada, sale corriendo hacia mí pero cuando llega, le digo que estoy bien, aunque siento que el brazo me duele un poco, mejor me callo para no preocuparla. Luego no va querer regresar y yo quiero seguir jugando. Me dice que tenga cuidado y corro al pasamanos. Es muy alto, a veces mamá me sostiene mientras me balanceo de un tubo a otro, dice que puedo caerme. Pero yo nunca tengo miedo y esta vez lo hago solo. La próxima vez que venga con mamá voy a demostrarle que soy valiente y que no necesito que me cuide. Y cuando el bebé tenga el tamaño para subirse le enseñaré a hacerlo. Quiero ser un buen hermano. Mientras avanzo imagino que estoy cruzando de una gran montaña a otra con lianas como Tarzán, y que abajo hay cientos cocodrilos esperando a que caiga pero se quedan con hambre. Cuando sea grande quiero ser un gran explorador.

Bajo del pasamanos con cuidado, quisiera saltar desde arriba pero no quiero preocupar a la abuela. No quiero ir a casa todavía. Voy hacia el tobogán, me gusta porque es alto, no le tengo miedo a las alturas. Un niño acaba de deslizarse, espero a que baje porque una vez un niño me cayó encima. Sólo recuerdo que cuando llegué abajo y quise levantarme, sentí un pie en mi cabeza y me dolió tanto que lloré. Mamá me dijo que no lo hiciera, que ya era un hombrecito y los hombres no lloran. Que cuando el bebé naciera debía darle el ejemplo. Por eso, cuando algo me duele me aguanto. No quiero que piensen que no soy hombre. Aunque a veces se me escapa, como ayer en la mañana. Me desperté y bajé de mi cama para pedirle a mi abuela que me hiciera unos huevitos con chocomilk. Porque es mi desayuno favorito. Fui a buscarla a la cocina pero no había nadie, creí que estaría en el cuarto de mamá y pensé tocar la puerta para decirle. Cuando llegué a la entrada, mi abuela abrió y salió con unas sábanas blancas llenas de rojo, ¡era sangre! Me asusté mucho y antes de que cerrará, vi a mamá sentada en la cama tapándose el rostro, parecía que lloraba. La abuela también lo hacía, nunca las había visto llorar y solo en las películas había visto tanta sangre. La sangre siempre me ha dado miedo, cuando sale de mi nariz y mamá me recuesta con una moneda en la frente, lloro imaginando que se me saldrá toda y moriré. Mi abuela trató de taparse la cara pero vi sus lágrimas, cuando los adultos lloran me da terror. Los adultos no le tienen miedo a nada, ¿no? Comencé a gritar: ¡mamá, mamá! y quise abrir la puerta para buscarla pero papá salió antes y me tomó en sus brazos para llevarme a mi cuarto. Me dijo que todo estaba bien, que me cambiara porque me llevaría a Mcdonals a desayunar. Me encanta ir ahí en las mañanas. Me gustan muchos los hot cakes, me compran una cajita feliz y puedo subir a los juegos. Así que me limpié los mocos y las lágrimas para cambiarme. Me divertí mucho. Creo que todo está bien, me han consentido mucho últimamente. Pero noto a mi abuela y mi papá callados, seguro son cosas de adultos.

Veo que el niño ya bajó y me deslizo, me gusta que esté oscuro adentro y solo se vea la luz al final. Imagino que estoy bajando por el estómago de un gran monstruo y que al llegar abajo lo atravesaré con mi poderosa espada para salir. Tal vez el bebé se vea así en el estómago de mamá, pero no creo que crea que está dentro de un monstruo porque mamá siempre lo acaricia, así como todos y le habla preguntándole qué quiere comer. No recuerdo estar en el estómago de mi mamá pero creo que debe ser muy agradable estar ahí y que te mimen. También creo que adentro hay mucho espacio, a veces el bebé se mueve mucho, patea y papá dice que está jugando fútbol. Ya quiero que salga para poder jugar con él.

Cuando salgo del estómago del monstruo veo la resbaladilla con varios niños esperando para subir. Llego a la fila y me pongo detrás de un niño más grande que yo. Se llama Carlos, me cae bien. Leemos los nombres de los novios en los corazones que están en las paredes del juego. Uno dice Marisela y Juan, no conozco a ningún Juan pero sí a Marisela. Es la niña que se sienta enfrente de mí en la escuela, lleva siempre su pelo en una cola alta y huele rico. A veces me gusta jalarle el cabello para que me mire, pero ella siempre se molesta y me acusa con la maestra. Carlos y yo comenzamos a reírnos de los noviecitos y me doy cuenta que el ratón de los dientes también lo visitó hace poco como a mí, ¿Cuánto le habrá dejado bajo la almohada? Cincuenta pesos, ¿cómo a mí? Quiero preguntarle pero una niña grita, está molesta porque no la dejan bajar por la resbaladilla. Otros niños están escalando desde abajo y haciendo competencias para llegar a la cima. ¡Qué divertido! Carlos y yo bajamos corriendo por las escaleras, queremos ganarles. Primero Carlos sube junto a un niño más chico que nosotros. Es como un changuito, sube como si nada pero antes de llegar la cima se resbala y cae de pompas. ¡Ay! hasta a mí me dolió. Llora y se va corriendo. Carlos también está a punto de llegar pero un pie se le resbala y se va de panza hasta el piso. La niña molesta y los que esperaban bajar se han dado por vencidos y van a otros juegos. Subo antes que otro niño lo haga, trepo lento y me agarró de las orillas de la resbaladilla. Apenas puedo sostenerme, me imagino que soy un escalador en el Everest, una montaña muy alta llena de nieve. Dice mi papá que pocos han llegado a la cima pero yo lo haré, voy a ganarles a todos los niños. Estoy a punto de llegar, casi toco la punta de la montaña con mi mano cuando mi abuela me llama. Me resbalo, los pies han dejado de sostenerme y ahora caigo en picada, así lo dijo el protagonista de la película de anoche. Llego hasta abajo lentamente, como un gusanito todo estirado. Los otros niños se burlan y me empujan para que me quite y puedan subirse, Carlos también, ya me cayó gordo.

Voy con mi abuela enojado. Si no me hubiera gritado cuando estaba a punto de llegar le habría callado la boca a Carlos y a todos esos niños. “Lo lamento”, dice la mujer que está sentada junto a mi abuela en la banca. ¿De qué habla?, veo a mi abuela y ella parece triste. Cuando se da cuenta de que estoy ahí, rápido se pasa la manga de su chamarra por los ojos, parece que estaba llorando. ¿Por qué papá y la abuela están tristes estos días? Soy un niño y a mí nadie me dice nada. La abuela se despide rápido de su amiga y me toma de la mano para ir a casa. No quiero que llore otra vez y cuando me pregunta si me divertí le digo que sí. Le cuento lo del pasamanos y la resbaladilla, de cómo estuve a punto de llegar a la cima y de Carlos, el niño que fingió ser mi amigo. Ella se ríe, me gusta verla sonreír al fin. También le digo que ya soy un niño grande y puedo subirme a todos los juegos sin ayuda. Que ya estoy listo para ser un hermano mayor y ayudar a mi hermanito o hermanita cuando al fin pueda venir al parque. Mi abuela se queda callada y sujeta mi mano más fuerte.






 

Diana Nieves Armenta, nació en Guerrero Negro, B.C.S, México, el 11 de agosto de 1992.

Es egresada de la licenciatura de Lengua y Literatura de la Universidad Autónoma de Baja California Sur y el Diplomado en Creación Literaria de la Fundación Elena Poniatowska Amor. Sus cuentos han sido seleccionados para el #21 de la revista Fatum. El andar de las letras de la UABCS y el #40 de la revista Barbante (Brasil).

Ha publicado algunos de sus microcuentos en la página de Twitter de Microcuentos.es bajo el perfil de

@ArmentaNieves.

Mujer de silencios que ha encontrado en la palabra escrita la verdadera articulación del sonido.




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