Lirio renacido

por Linda Acosta Rodríguez


“En ti hay una herida que duele en la confianza

En ti hay una niña que no ha perdido la esperanza

¡Aúlla! en un gospel de alabanza”

–Masta Quba & MarieV - Autodefensa–.


I.

Se abre la puerta, te giras despacio, es él. Entras al baño. Llevas contigo la mochila con dos cambios de ropa, dos cuadernos, una mandarina, un billete de cien pesos, tres boletos del metro y una botella de agua. No te da tiempo de tomar tus libros. La edición antigua empastada en cuero del Quijote de la Mancha que heredaste de tu tío materno se queda en la estantería. Tu tío quién orgulloso sacó de su colección de libros dicha obra para dártelo a ti, un par de meses antes de morir de diabetes. Tampoco tienes tiempo para guardar tu pulsera de plata con un colgante de colibrí, regalo de tu amiga Pilar; ni tu cajita de maderalabrada que te dio tu abuela con una piedrecita de obsidiana.

Se escucha su respiración, justo detrás de la puerta. Te está esperando. Buscas enfrentar la situación, te armas de valor. Sales del baño, donde te escondiste como primera reacción. Te mira, escupe al suelo y te pregunta con ojos llenos de ira.

–¿Qué haces? ¿A dónde crees qué vas? Tú no te puedes ir niña, tú te quedas aquí.

–Me voy, no soy feliz, después vengo por mis cosas, quiero irme.

–Ni loco te dejo ir.

Te patea, te estalla la boca en un puñetazo, te levantas adolorida, y tira la estantería de libros sobre ti, un puñetazo más en el ojo derecho. Abre un cajón buscando una pistola. Te levantas no pierdes nada, es la vida la que te impulsa a perder el miedo a perderla, te ganan las ganas de vivirla, así sea el último instante. Te pone la fusca en la nuca. Te amenaza.

–Ni se te ocurra moverte, porque te mato. Eres mía, me perteneces. Tu llegaste aquí, me bañaste a besos, me dijiste ‘amor’, y ahora no te puedes ir. Te vas a ir cuando yo quiera.

Pones tus manos en la nuca, le alertas de no poner resistencia. Te giras, lentamente mientras vas abriendo los brazos y las palmas, le respondes mirándole fijamente a los ojos.

–Soy mía, de nadie más. Me puedes matar de frente, a mi me pondrán flores en la tumba. A ti te van a meter preso, y como mucho tus padres te llevarán cigarros a la jaula. Yo voy a volar en pedazos, me volveré estrella, seré mía y libre, también en la muerte.

Él no baja la pistola, la coloca en su sien, amenazando con dispararse a sí mismo. Ha perdido el control.

II.

Salimos hacia la manifestación, íbamos Pili, Daniel y yo. Llegamos a uno de los contingentes de la universidad, nos metimos entre la multitud; ahí se acercó Marcial para hacernos conversación. Nos comento que era periodista independiente, tal vez, intento ligarse a Pili, porqué se acercó demasiado a ella, según recuerdo. Quizá, no ligarla sino sobrepasarse con ella, porqué mi amiga nos pidió moverse a otro sitio sin decir nada más, Daniel su pareja la siguió. Yo cometí el error de quedarme ahí, escuchando la batucada, les dije qué ya nos veríamos adelante. ¿Error? quién iba a imaginar que mi poca experiencia me pasaría factura ese día. Marcial se acerco a mi oído, y me dijo que le parecía bonita. Se puso a bailar conmigo, y me resulto tan gracioso que terminamos bebiendo unas cervezas en el centro. Era la primera vez que iba a una cantina. No me forzó a nada, fui yo quien accedió a sus besos.

A los tres meses de salir juntos me mudé al departamento de Marcial. Soy huérfana de padre y madre. Mi abuela paterna se hacia cargo de mí, y su hogar me quedaba al otro lado de la ciudad. Así que le dije a la abuela que me iba a vivir con unas amigas de la universidad, y ella que había perdido a su hijo, mi padre en un asalto a mano armada vivía temerosa de mis regresos por las tardes a la casa. No fue difícil convencerla, para ella estaba bien que pudiera permanecer en el entorno de la facultad. La abuela no sabía de mi ‘novio’, ella no se imaginaba.

El primer mes salía temprano de clases, dejé de relacionarme con mis amistades. Volvía a casa de Marcial a preparar la cena, esperándolo. Tal y como había aprendido en las historias de amor romántico. Él llegaba comía, y por la noche me leía alguno de sus poemas. El segundo mes fue lo mismo, sólo que cada poema que me leía le llevaba a contarme sus historias de ‘Don Juan’. Siempre había una mujer distinta al final de la noche. La cena se enfriaba el tercer mes, lo mismo que nuestra relación. Marcial llegaba tarde, no me daba cuenta que mi precipitada manera de marcharme de casa de la abuela me había llevado a un precipicio. Un día Marcial intento burlarse de mi vestido amarillo, y de unas trenzas que me hice. Me llamo ‘María’, mi nombre es Liliana.

III.

Liliana Mendoza Suárez. Veintitrés años, cabello castaño claro, lunar en el labio inferior. Desaparecida desde el 19 de febrero de 2016. Descripción que fue difundida por todos los medios. Mi nombre es Liliana, flor de lirio que no se mancha en el lodo, pura al reaparecer entre el pantano. Me gusta trenzar mi cabello, así aparece en la fotografía de mi búsqueda.

Mi abuela se extraño que no llegué para su cumpleaños. Hizo 75 años el 23 de febrero. No le había llamado desde el día 18 del segundo mes del año, le comenté que me pasaría unos días con ella esa semana, hablaba con ella cada tarde. Se extraño que no llegará como todos los lunes de tianguis, del mercadillo del barrio, para acompañarla. En el tianguis de la abuela solía comprar las hierbas para la comida que con cariño preparaba a Marcial, el señor de las verduras le pregunto a mi abuelita por mí. Ella no supo disimular su preocupación, así que finalmente alerto a la policía.

En la escuela nadie sabía de mi vida con Marcial. Salvo Daniel y Pili que desaprobaban esa relación desde el primer momento. Ambos se fueron distanciando de mí o yo de ellos. Mi mundo era mi amado, no había más. Para mi abue fue un golpe duro saber que yo vivía con un hombre y no con amigas. Para mis amigos un sentimiento de impotencia mezclado con sabor a tropiezo.

–Pili, me siento mal por no haber sido más contundente con Lili sobre su decisión de ocultar a su abuela la relación con el tipo ese.

–No te enfades Daniel, a mi me sabe mal, un tiempo Lili fue mi hermana. Pili y Lili, no sé que pasó para que termináramos ambas distanciándonos tanto. No te enfades, porqué ya no puedo más, y de la rabia pasaré al dolor, al llanto.

Una pulsera tejida envuelve la muñeca de Pili. Su amiga Liliana se la hizo con los colores morado y rosa mexicano. El recuerdo, la promesa de una amistad para siempre. Ambas nos conocimos desde la secundaria. Pili la guapa, Lili la buena estudiante.

III.

Observas como coloca la pistola en su frente, como llora. Cómo te humilla, te llama “loca”, “puta”, “perra”. Te llama de todo menos por tu nombre. Te culpa de su vacío existencial, te quiere culpar de la ausencia que no logras concretar. Ha cerrado la puerta con llave.

Un golpe en tu cabeza, es la pistola que se dirige a tu sien. Caes al suelo, no entiendes como ha cambiado todo en tan poco tiempo. Suena jazz a todo volumen, es la voz triste de Billie Holiday, no es la versión azucarada de Ruth Etting o la desenfadada de Nina Simone cantando ‘Love me or Leave me’, suena la frase: “tu amor es mi amor, no hay amor por nadie más”. Tus ojos se cierran, sientes correr tibiamente el líquido rojo vital.

Despiertas en medio de una carretera, Marcial conduce su auto, es de noche. Vas en el asiento trasero. Maniatada, con olor a tequila. Te ha rociado una botella entera de tequila. Estás débil, los ojos se vuelven a cerrar, la música revela la mentira. ‘El amor no duele’, te repites, ‘el buen amor es libre’, te dices. Con los ojos cerrados y el cuerpo adolorido rezas, una y otra vez: ‘el amor no duele, el buen amor es libre’. La canción escrita por Gus Kahn e interpretada por Billie Holiday sigue sonando: ‘ámame o déjame’. Tú, ya habías tomado una decisión qué el no está respetando.

Tirada en el suelo, con frío, maniatada. El ojo apagado, la luz de la luna ilumina una sombra. Se oye una respiración agitada. Marcial está cavando una tumba. Un momento, son dos tumbas. ¿Qué piensa hacer este cobarde?, te preguntas mientras intentas levantarte. No puedes hacerlo fácilmente, tampoco gritar, llevas un pañuelo ahogando tus palabras. ‘El amor no maltrata’, te dices.

¿Por qué las mujeres interpretarían una canción escrita por un hombre? Es claro que el amor no se puede forzar. La vida te da impulso, volver a levantarte sería un triunfo. Renacer entre la derrota para ya no interpretar con tu voz las palabras “no hay amor para nadie más”. La melodía que suena desde tus entrañas comienza a escucharse, a retumbar en tu cabeza ‘todo el amor está en mí, energía de mí misma, me reconozco en mi renacer’. Resuena en tus adentros, resuena en tus entrañas, hasta llegar al silencio, contigo misma, fundiendo en la creación tu coraje. Misericordia que nace de tus latidos, Liliana, Ana llena eres de gracia.

Escuchas el crujido del golpe de una piedra, otro golpe más, y otro, todo ha terminado. La piedra raja el craneo, la tumba está lista.

IV.

En vísperas de la navidad de 2021, Pili recibe correo postal. Ahora, ella y David son padres de una niña a la qué llamaron Ana Lilia. En uno de los portarretratos que decoran el librero de la sala está la foto de su amiga desaparecida. Ha sido tanto el dolor de la perdida que prefieren doler sin olvidar. Pili deja el correo sobre la mesa del comedor, se extraña por el sobre, se sirve un vaso de agua de naranja y abre la carta. Es una postal de Cartagena, Colombia. Una calle larga, casas pintadas de colores, verde frondoso en las fachadas, parece primavera, estallido de luz. Pilar gira la postal y lee:

“La vida, es renacer. Estoy bien, abrazos.

Ana.”

V.

El cuerpo de Marcial nunca fue hallado. Su coche yace en partes en el desguace, deshuesado. Alguien encontró el auto y lo desvalijo a trozos. A la abuela de Lili se le sumaron nuevas amigas, mujeres asociadas que no paran de buscar a sus hijas, a sus nietas; piden justicia, que no llega, y se forman en valores de cuidado y autocuidado a través de talleres y otras actividades como el tejido o el bordado. A Lili no la han encontrado, está desaparecida. La autodefensa estaría penada como ‘homicidio’ en el momento de los hechos, aunque le hubiera salvado de la muerte.


 

Linda Acosta, Entre la selva y el mar, Linda Acosta nació en Villahermosa. Cosmopolita, nómada. Socióloga por la UAM-Xochimilco, Máster en Relaciones internacionales por la URJC-Madrid. Cursando el posgrado de Escrituras con FLACSO-Argentina. Vivió 18 años en Madrid, reside en Inglaterra. Viajera, sorora, ecologista, anarquista, cocinera, taróloga, amante del arte, las letras y de la naturaleza. Escritora y poeta para viajar entre mundos. Comparte reflexión por libre elección y responsabilidad.


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