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"La niña que desafió al viento" por Erika Castillo

En lo alto de una montaña vive una familia, día tras día caminan veloces, su paso es ligero, su andar armonioso y callado. Papá va primero con la cabeza en alto, siempre observando, siempre atento. Mamá lo sigue muy de cerca con su niño cargando en la espalda, es un día de trabajo, un día normal. Un poco más atrás al mismo paso viene una niña con una sonrisa en sus labios y la vista puesta en su madre, mientras camina se acomoda su falda y su koyera, la cinta que lleva en su cabeza, es importante lucir bien y verse guapa.

El caminar de los tres rompe el silencio de la montaña, sus pisadas ligeras se unen al silbar cadencioso del viento y del arrullo de los árboles, es como si se complementaran, la montaña no puede existir sin ellos y ellos tienen a la montaña en su corazón.

Han llegado a su hogar, la niña se adelanta corriendo para jugar en el árbol que está cerca, mamá suelta a su pequeño para que juegue también, mientras se dirige a ver sus gallinas les da comida, después se dispone a preparar algo para cenar. Ha caído la tarde.

Papá toma su violín y se sienta dentro de la cueva donde viven; se pensará que una casa de piedra no es un lugar cómodo, pero no es así, aquí han vivido ya más de dos generaciones y su vida ha sido muy feliz. La música inunda el hogar con las notas que nacen del violín que el jefe de la familia con sus mismas manos fabricó. Mamá hace tortillas de maíz en el fogón que está al centro, alimenta con leña el fuego y empieza a mover sartenes y cucharas; estos trastos pertenecieron a su madre, con ellos aprendió a cocinar. Los platos ya están llenos de frijoles con chile colorado listos para la cena.

El sol se ha puesto, y en su despedida ha dejado estelas de color dorado en las montañas, dando un hasta mañana, dejando la promesa del reencuentro en los colores que visten a las piedras, lento la luna desdobla su luz dejando destellos de plata en la cueva donde el fuego impregna de calidez a una memoria más en el espíritu de cada uno de sus integrantes.


— ¡Ariché!— grita mamá─ trae a Rahui, está lista la cena.


La niña baja de un salto del árbol donde jugaba, su falda llena de colores se mueve inquieta, denotando el carácter de quien con orgullo la porta, agarra al niño de la mano y lo lleva a una pileta para lavarse. Comen tranquilos y alegres, al terminar de cenar papá vuelve a tocar música en su adorado violín, Ariché y Rahui bailan con mamá hasta la hora de dormir.

Así vive esta familia en lo alto de la montaña, ellos son sus guardianes y protectores; sus antepasados la han cuidado y protegido de los chabochi, así llaman a los hombres mestizos que no saben el valor de la Madre Tierra y que sólo malgastan sus dones sin cuidar de ella. Los Rarámuri son celosos de su hogar, lo cuidan desde los tiempos que ya nadie recuerda, cuando habitaban en las montañas y planicies, cuando vivían en armonía, mucho antes de la llegada de los chabochi.

Conforme ha pasado el tiempo se les ha ido recluyendo en las montañas; los Rarámuri o Tarahumaras así lo han permitido, no porque sean débiles, sino porque allá en lo alto es donde pueden escuchar más clara la voz de Onorúame, Papá Dios.

Al día siguiente muy temprano papá se levanta, viste su Tagora, el calzón de manta representativo de su cultura, calza sus huaraches y se va a la pequeña parcela que le da el sustento diario a parte de lo que logra cazar. Eyé, en lengua Rarámuri mamá, ha comenzado su baile entre el fogón y la mesa, las tortillas ya están en el comal, alegre tararea mientras prepara la comida que Ariché llevará a papá.

—Levántate Teweque (mi niña) —dice Eyé─ es hora de almorzar.


Ariché se asoma del montón de cobijas con su cabello lacio desordenado, ojos vivaces llenos de luz y con su sonrisa franca, da un brinco mientras se pone su falda amarilla, encima una rosa, luego una verde, después la azul y por último la roja, la favorita. Se peina rápido y va afuera a lavarse mientras salpica a Rahui que ya estaba jugando y brincando, come rápido e impaciente empaca la comida de papá.

—Te veo más tarde, mamá— grita cuando ya va caminando sin voltear atrás.

Va rápido, su andar es firme, diligente, gusta de la sensación de libertad.

—Algún día seré más veloz que el viento— pensó— ¡un día podré volar!

En cada paso dado iba una petición, un sueño de poder desafiar al viento. Onorúame escucha sus deseos y sonríe.


Hoy como todas las mañanas Eyé ha despertado a Ariché y con un beso la manda con el almuerzo para papá.

—Rahui y yo irémos más tarde— le grita su madre desde atrás, pero Ariché ya está de camino, volando casi va.

Se ha desatado su akaka, así se les conoce a sus huaraches fabricados con trozos de llantas, detiene su paso para arreglarse y acomodar todo en su lugar.


—¿Qué te parece si hoy vemos quien puede llegar más pronto al pico de este cerro?— le pregunta una voz.

Ariché levanta su mirada, sorprendida ve a un hombre frente a ella, su mirada es amable y acompañada de una sonrisa. Le tiende la mano para ayudarle a levantarse.

—¿Chú, mu rewé? ¿Cómo te llamas?— dice ella.

—Tanto que me has invitado a hacer esta carrera y ahora no sabes quién soy— dice él— mi nombre es Bajicháhuari, soy el viento, Onorúame me ha dado la oportunidad de venir a correr contigo.

—¿Y cómo es que eres hombre?— le pregunta Ariché risueña.

—Onorúame me ha concedido la forma humana mientras este aquí contigo— dijo él— hay que aprovecharlo para correr.

Ariché contenta se arregla su falda y acomoda la comida para papá en la espalda donde no le estorbe.

—Lista, ¿lo estás tú? — dice con una sonrisa franca pero desafiante.

—Listo — contesta Bajicháhuari─ ¡Empecemos!


Onorúame que todo lo observa, sonriendo manda un trueno, lo suficientemente fuerte para dar por iniciada la carrera.

—Va a llover— penso Eyé─ más vale que me apure a dónde esta papá─ sin imaginarse lo que en ese momento ocurría.

Ariché corre, se esfuerza por ser veloz mientras sube el cerro, mantiene su vista fija en Bajicháhuari, quien va adelante unos pasos. Su mente exige a sus piernas que se muevan más rápido, que corran más de prisa, éstas obedecen y pisan fuerte la tierra, el ruido de los akaka retumba en sus oídos lo que le provoca una sensación de felicidad.

El sendero es inclinado, se está haciendo pesado continuar, no puede alcanzar al viento hecho hombre. Su paso disminuye y su mirada se dirige al suelo triste.

Bajicháhuari de reojo notó como Ariché se está apagando, su rostro perdió la sonrisa, no puede creer que la niña fuerte que lo había retado tanto tiempo se esté dando por vencida. Onorúame atento decidió ayudar a Ariché de la única manera que conoce, manda una brisa que toca su rostro y susurra:

—Recuerda… el porqué te gusta correr.

Ariché al sentí la voz en su interior, ve como una imagen se abre en su mente cuando días atrás corría sintiendo la libertad invadir su ser y fortalecer sus piernas, el aire fresco revoloteaba con su cabello, como latía su corazón con tanta fuerza que parecía salir de su cuerpo. Se sentía viva, sentía que tenía un propósito para cumplir.

Su mirada se posa en sus faldas ondeando al viento, eran los mismos colores que forman el arcoíris y sonríe. Sigue corriendo fuerte, sintiendo el esfuerzo de sus piernas, no se iba a rendir, sabía que podía dar más, aunque su mente se resistiera a ello.

Logra pasar a Bajicháhuari por poco más de dos zancadas, el hombre-viento alegre piensa que la carrera ha vuelto a tener sentido.


Ariché tan concentrada iba en su correr que logró soltarse y disfrutar, su corazón pulsaba lleno de vida, invitándola a seguir cada vez más, un sentimiento de libertad la invadió y por un instante pudo palpar la felicidad total; tan absorta estaba que perdió de vista a su compañero, pensó que lo había dejado atrás… o tal vez él ya había llegado a la cima y no lo había notado.

Llegó a lo alto del cerro, agitada, tomando aire con fuerza, estaba viva, se sentía feliz.

—Fue una buena carrera aunque no la haya ganado-—pensó.

—Y ¿porqué dices eso?— Bajicháhuari dijo con su alegre voz.

—Entonces, ¿gané yo?— le preguntó Ariché sorprendida.

─Dime —dijo él─ ¿qué te enseñó esta carrera?

─ ¡Me sentí vibrar de vida! —respondió ella, aún agitada, quitando el cabello de su rostro— sentí magia al pisar la tierra, fui libertad al rozar el viento, mi cuerpo me dijo que puedo hacer más de lo que mi mente se cree capaz.

—Creo que has ganado mucho— dijo él.

—Pero no llegué primero que tú— refutó Ariché volteando hacía donde estaba Bajicháhuari, pero ya había desaparecido.


Ariché se quedó contemplando el paisaje por un rato, sintió su corazón volver a latir sin estruendos y su respiración recuperaba su ritmo normal. La calma y la maravillosa vista la acompañaron por un momento, hasta que una ligera brisa jugo con su cabello. Escuchó a Eyé cantar, venía con Rahui en su espalda.

—Creí que no te iba a alcanzar— le dijo al verla —¿qué haces aquí?

—Jugar al viento una carrera— contestó Ariché con una sonrisa.

—¡Claro que sí! —dijo Mamá.


Onorúame complacido miró y a Bajicháhuari preguntó:

—¿Lo quieres volver a intentar?

Bajicháhuari sonrió.


Eyé, Ariché y Rahui siguieron su camino hacia la parcela donde papá con ahínco trabajando las esperaba, iban cantando y corriendo, contemplando lo que pocos hemos podido observar, sabiendo que vivir radica en las experiencias que día a día se atesoran entre el esplendor de las montañas y los murmullos del viento en el alma.


 

Erika Castillo (Chihuahua, México 1982) Estudió Ingeniería Industial en el Instituto

Tecnológico Superior de Nuevo Casas Grandes. Escritora bilingüe. Ha laborado en empresas binacionales a cargo de áreas de Aseguramiento de calidad, Evaluación de proyectos y Finanzas, también incursionó en el área de Marketing y Diseño de productos.

Madre de familia y lectora ferviente desde su infancia. Dibujante aprendiz y amante de la música. Ganó el concurso de cuento a nivel estatal organizado por la DGETI en 1997.

Ha publicado en varios medios digitales y en papel. Su relato ¡AHORA ME TOCA A MI! Se encuentra en la Antología Recolectores de Silencios de la Universidad Autónoma del Estado de México 2021. Obtuvo mención especial en el segundo concurso internacional de relatos fantásticos del Diario Tinta Nova con el cuento "El Primer Colibrií".

En su blog La Tinta bajo la Luna comparte sus escritos, cuentos e historias.

Escribe la columna "Hermanas de la luna: el legado"; que se publica a inicios de cada

mes y co-coordinadora del círculo de creación comunitaria "Creadoras, artistas,

escritoras tercermundistas. Narrando el siglo XXI" [2022]; en Revista lunáticas.

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