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"La isla de humo rosa" por Voladora

Naufragué por mares turbulentos. Mi cabeza daba vueltas como la peor embriaguez. Cuando por fin las olas se aplanaron, vi a lo lejos una nube de humo rosa. Pensé que sería un llamado, además, no tenía muchas opciones y el hambre apremiaba. Mi balsa destartalada no se movió de lugar, sin embargo, me acerqué a una isla pequeña que era una gran roca puntiaguda y en apariencia inquebrantable. El humo salía de la cima; debía llegar a ella. Como pude desembarqué. Contemplé el paisaje: el océano era rosado y apacible. No puedo explicar el viaje inesperado que había hecho. Busqué la manera de trepar hasta la cumbre: algo me esperaba. Supe que era así porque no podría ser de otra manera. Me encontré con árboles de frutos maduros de los más variados tonos pastel. Los engullí sin preguntarme si eran venenosos. Entonces, el sonido de un chorro de agua me llevó a encontrar una cueva. La sed hizo que entrara a ella a pesar del temor a su oscuridad. Un lobo, una serpiente, un loco embrutecido podía vivir ahí. Pero como he dicho, opciones no tenía. ¿Qué podía perder si perdida me encontraba ya? Todos mis seres queridos me tomaban por muerta desde que el barco fue hundido por un grupo de necios estúpidos. Bebí del agua multicolor que el interior de la roca expelía y sentí paz. Se fue el hambre. Se fue la sed. Vagué por túneles a paso lento bajo la penumbra absoluta. Muchas veces pensé que ese era mi limbo, que en realidad había muerto igual que todos, pero, al mismo tiempo, algo en mi interior me decía que ese era el camino. Entonces mis mayores temores aparecieron en espejismos frente a mí. El terror, la angustia, las desventuras que mi cuerpo vivió en aquel lugar ya lejano, y al que nunca volveré, los vislumbré como fantasmagorías en forma de murciélagos sedientos de mí. Luego lo pensé dos veces. La razón me dijo que ya nunca tendría miedo, entonces las alucinaciones desaparecieron. Fue cuando encontré la salida de las cuevas. Me hallé en la esperada cima: lo había logrado. La nube rosa estaba justo sobre mi cabeza. Busqué la fuente que la despedía. Entonces encontré una casa diminuta. La tomé con mis manos. De su pequeñísima chimenea el humo rosa salía imperturbable hacia el cielo. Con delicadeza —no quería molestar— toqué la pequeñísima puerta con la uña de mi dedo índice. Al acercar el oído en espera de respuesta, el humo entró por mi poro izquierdo de mi nariz. Aspiré el olor de mi llamado y se me enchinó la piel. Mi cuerpo floreció de deseos y, sin pensarlo, introduje la chimenea en el nidal de mis labios. Di una profunda fumada. Sentí cómo la solidez de mi cuerpo, en un estremecimiento placentero, perdía su pesada carga para sublimarse en ligero humo rosa. Floté hacia el cielo. Fui una gran nube. Desde allá arriba vi todas las cosas habidas y por haber. Fui cada estrella en el firmamento, cada gota de agua, cada grano de arena. Mis ojos fueron infinitos. Luego me concentré en un solo ojo. ¿Qué es lo que vi? Me vi sentada con una frazada en las piernas en invierno. En una bocina, un adagio. Mis manos tecleando sobre una laptop. Bebía cerveza de una lata plateada y daba caladas a un porro cuyo humo también era rosa. Me levanté: la manta cayó. Me dirigí al baño. En el inodoro un hombre llamado Jesús Antonio Niño Mendoza agonizaba en pertinente silencio. Y yo no sentí nada. Parada, me bajé el pantalón y mi orina se escuchó gozosa cayendo sobre Jesús que empezó a delirar de dolor. El líquido cálido que salía de mi vejiga, igualmente, era rosa y debía ser ácido o mágico porque derritió el cuerpo del hombre de violador en serie, pianista mediocre y asqueroso. El dolor que experimentó debió ser insoportable pues suplicó misericordia mientras las venas le explotaban. Me reflejé en el espejo cuando me lavé las manos. Mi sonrisa fue un manantial. Cuando bajé la palanca del retrete, Jesús Niño siguió sufriendo y lo hace aún ahora que es parte del gran océano. La placidez me llevó de regreso a la isla. Había regresado a mi cuerpo original y la casita estaba en mi mano. Al ver que no abrían la puerta, me asomé discretamente por la ventana. Todo era rosa, incluso la diminuta mujer que fumaba de una pipa en forma de casa. El humo lo aventaba por la chimenea, el mismo humo que forma una gran nube. Me asombré de su poder. Déjame entrar, pequeña mujer rosa, le dije. Entonces entró en mi ojo y me vi en ella. Me vi en mí que ahora soy diminuta y no dejo fumar de una pipa que tiene forma de casa para luego aventar el humo por la chimenea. Me gusta asomarme por mi ventana. Contemplar los atardeceres multicolores que pintan el mar apacible. Me gusta ver más allá donde otras islas expelen su nube. Me gusta, sobre todo, aspirar y exhalar, aspirar y exhalar, en una cadencia que me mantiene en el círculo de la vida, donde soy gaseosa y me mezclo con el viento, donde me desbordo en lluvia en un orgasmo que dura días para descansar después en los lagos y sentir cómo el calor me evapora después.


 

Voladora

(Morelia, Michoacán, 1986). Escritora, tallerista y profesora. Coordino el proyecto Sonámbula: Círculos de especulación de mujeres (@sonambula.escritura).

Algunos de mis últimos textos publicados forman parte de las siguientes antologías: Inoportunas: Antología de cuentos I (Atrabancadas, 2021), Siniestras: Antología de cuentos de mujeres que incomodan (Especulativas, 2021), Raíces a una voz: Antología literaria FiliT 2022 (Silla Vacía, 2022), entre otras.

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