"La huida"

por Helena Spencer


Un portazo. Su sangre comienza a arder llena de adrenalina y miedo, y los recuerdos abofetean su tranquilidad. Un último segundo de duda para apartarse de la puerta entre pasos flojos que no quieren irse, pues aún no pierden la costumbre de salir de casa sin ser arrastrados de vuelta. El temblor de su mano choca con la cerradura, como si alguien la sostuviera para hacerla impotente. Su cuerpo gira bruscamente para encaminarse a su destino, huyendo de la puerta que se cierra tan ruidosamente y altera su serenidad.

Empieza a caminar rápido, las voces de la calle traquetean en sus oídos, salen, entran, danzan con sus tormentos, y ella apresura el paso hasta que en vez de caminar, trota. Huye de los gritos del vecino regañando a su hijo, del señor que reparte agua, de las comadres que se carcajean por un viejo chisme… Todo es un conjunto de gritos que se dirigen a ella para sacudir sus recuerdos y atormentarla con ellos; todo es violencia, todo es agresión, todo es maltrato, todo es un golpe a la cara por haber besado a un hombre.

Siente que los pasos la persiguen, que al subir al camión los hombres la obligan a sentarse para que no estorbe, y que las mujeres la miran con lástima por aceptar tales tratos. Los topes se vuelven un juego de reincidencia, un golpe que no es culpa de nadie pero sí es culpa de ella. La incomodidad de sentir porrazos cada diez metros y después una paz pasajera por diez segundos, justo como acostumbraba. No poder escapar en su propia casa ni esquivar los empujones, tampoco proteger a su mamá de los golpes. Acostumbrada a vivir en una cuerda floja para no caer en la furia de aquel hombre pero tampoco caer en la sumisión para servirle como él quería. Los recuerdos la atormentan y la lastiman. Siente la angustia permanente que sentía en aquel entonces como una advertencia de que no puede ser nada. Vivir en un ambiente de violencia lleno de opresiones y miedo la acostumbraron a sentir que no es nada y que no merece ser libre, como si todo el maltrato sufrido —los golpes, los gritos, las humillaciones— hubiera servido para olvidarse de sí misma y no tener más espacio en su mente que sobrevivir y protegerse.

El camión se llena, la gente se empuja y la acorralan en su asiento.

Sin salida. Acorralada de nuevo, como aquella vez que él la vio acariciando el hombro de su amigo. Acorralada por haber tocado a un hombre. Un peso en su pecho la hunde hasta transformarla en una bolita que se somete a la gente que no le deja un camino de salida. Los dedos que rozan su hombro son puños que la golpean por estorbar en el tránsito de manos que suben y bajan, libres de cualquier agresión. El timbre de bajada es su única esperanza, tal como lo era su madre, quien le repetía siempre entre lágrimas después de una noche de gritos y golpes: tú tienes que irte. Esa voz chillona y temblorosa con la misma entonación que el timbre del camión. Esa voz silenciada por el cúmulo de complejos, rencores e ira que llenaba al señor.

El escape se encuentra tan lejano para ella, como una sentencia que tiene que recibir por querer ser feliz. El timbre es el ruido que la salvará de sus angustias, de las cicatrices que aún emanan rencor y frustración contaminando su ser. Podrá salir de ese camión lleno de manos y pies que estorban y agreden al mismo tiempo. El miedo es la barrera que no la deja liberarse de los tormentos, el creer que no vale nada, que sólo sobrevivió por pura suerte y que su vida no es brillante como soñaba de pequeña.

Es libre, se fue de ahí. Tal como su madre le rogaba cada noche antes de que el hombre regresara de la tienda con más latas de cerveza listo para otra ronda de gritos y jaloneos con música de José José y Vicente Fernández de fondo. Un hombre tan patético. Siempre lo pensó así. Lo veía tambalearse subiendo las escaleras para caer borracho en su cama y por momentos pensaba que era un tipo insignificante y asqueroso. Lo que aún no ha logrado entender es cómo esa persona tan ridícula pudo someter a dos grandes mujeres durante sus veintidós años de vida. Cómo alguien con tan mal concepto de sí mismo logró hacer que dos mujeres tuvieran miedo cada día, desde que abrían sus ojos hasta cerrarlos para recibir la siguiente mañana listas para cualquier agresión. Se preparaban para recibir gritos o groserías por la cosa más ridícula, medían sus enojos para no despertar al “ogro” —como siempre le decía su mamá— y limpiaban siempre los desastres que hacía en la cocina por ser un inútil al que le molestaba que le dijeran cómo se usaban las cosas para no arruinar la limpieza recién hecha.

Estamos solas, decía su mamá siempre que los gritos terminaban y el “ogro” rondaba por la casa subiendo y bajando las escaleras para hacerles sentir miedo. Como si a pesar de que no entrara a agredirlas al cuarto de su mamá les recordara que seguía ahí y que no podían salir de ese pequeño cubo porque el peligro estaba rondando.

El señor regresaba muchas veces a deshoras directamente a dormir, no sin antes vomitar en el baño y no siempre dentro del inodoro. Su mamá se levantaba temprano a limpiar y continuaba el día normal hasta que el ogro se volvía de nuevo su papá. Las llevaba a desayunar y veían películas. Se reían juntos y parecían una familia de nuevo. Eso era efímero. El miedo siempre ha sido permanente.

Se encamina a su punto de escape, se abre paso entre patadas, bofetadas, puñetazos, gritos, y hace vibrar el sonido de su salvación: el timbre. Con lágrimas en los ojos y un corazón apretado por la angustia, baja los escalones de poco a poco, apoyando esos pies temerosos a ser arrastrados de vuelta, como siempre. Pisa el concreto frente a su oficina y camina sin mirar atrás, fugándose de las miradas amenazadoras que no quieren que sea libre, pues es un hecho que lo único que hará lo que resta de su vida será huir de los recuerdos que la atormentarán permanentemente.




 

Soy Helena Spencer. Nací en la Ciudad de México pero actualmente resido en el Estado de México. Mi gusto por las letras empezó desde que era niña, yo diría que por eso estudio letras hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Como parte de mi entusiasmo en este ámbito, he tenido la fortuna de dar dos talleres literarios. Uno sobre el análisis de

una obra teatral llamada “Hombres en escabeche” de Ana Istarú y otro para escritura creativa. De igual manera, he sido parte de distintos talleres para mejorar mis habilidades en la creación literaria. Fui parte de un curso coordinado por la Universidad Autónoma de Nuevo León de dramaturgia, dado por la dramaturga Estela Leñero. Fui integrante en un equipo de difusión literaria para escritores principiantes y actualmente pertenezco a un equipo encargado de difundir cultura por medio de las redes sociales con el propósito de llamar la atención del público en general.

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