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"Inmortalidad" por Naivasha Gil

“El que quiera nacer, tiene que destruir un mundo”.

Herman Hesse, Demian.

Surjo, renazco, vuelo, me pierdo, despierto… 01:30 pm y aún sigo esperando el autobús para regresar a casa. Antes de pasar de una calle para otra observé cómo un vehículo a toda velocidad golpeó con gran ímpetu a un señor en bicicleta. Vi cómo todo de él se desmembraba, llovía sangre y partes de su cuerpo por todos lados. El vehículo sólo huyó y la ambulancia, así como la policía llegaron dos horas después del cometido. No sé qué ocurrió conmigo cuando aconteció dicha tragedia, sólo recuerdo que me quedé paralizada y empecé a llorar incontrolablemente; tenía mucho miedo y me senté a la orilla de la acera para calmar el ataque de pánico que me vino de repente. Comencé a pensar en todas las posibles respuestas sobre lo que acontecería después de su muerte y lo qué habría sido de él antes de su ausencia: su familia, su vida, sus deseos y lo que iba pensando en el camino.

Me hizo recordar el caso de aquel hombre que murió acribillado cuando cuatro asaltantes se subieron a la combi en la que venía y él se abstuvo de entregarles su quincena; la misma con la que comenzaría a construir su casa y con la que le compraría un hermoso vestido a su mujer porque en una semana cumplirían su décimo aniversario. Así pues, cuando revisaron sus cosas para buscar sus documentos de identificación encontraron tres mensajes de su esposa en el que le indicaba que lo estaba esperando para comer, junto con sus tres hijos, y lo único que faltaba era que pasará por las tortillas y un refresco para todos. Nunca se esperaron que jamás volvería. Los restos del hombre de la bicicleta finalmente fueron recogidos y llevados a revisión. Tenía 65 años, era divorciado y se dirigía a casa de su hija porque habían quedado de ir al cine y a comer juntos en esa tarde. Fue velado en San Martín y enterrado en San Lorenzo.

Al llegar a la escuela me encuentro con mi mejor amigo, Dante. Le cuento sobre lo que presencié ayer y me escucha con atención. Siempre me ha gustado hablar con él porque sabe escucharme y darme buenos consejos. Además, siempre compartimos todo juntos, desde el almuerzo hasta los lápices de colores y las libretas. Desde que su padre perdió su trabajo a causa de llegar todos los días borracho y su madre se enfermó del apéndice, se ha visto ante el conflicto de no tener dinero para comer, comprarse zapatos o traer útiles para la escuela. Después de clases nos quedamos en un parque cercano, en el que comúnmente dormimos, comemos, platicamos o tan sólo pasamos el rato. En esos días me cuenta sobre las pocas esperanzas que tiene de que en su familia mejore su situación de pobreza y violencia. Llora a cántaros y le reprocha a Dios por su dolor y miseria. Nos quedamos hasta las 6:00 porque siempre hemos adorado ver la apuesta de sol y contar las primeras estrellas de la noche.

Sé que habría podido decirle que todo mejoraría, que siempre hay un mañana y que ya no volvería a sentirse solo nunca más… si tan sólo me hubiera armado de valor, pero no, no lo hice; me limité y ahora ya no hay marcha atrás. Ayer me llamaron y me dijeron que se suicidó ahogándose en un río cercano a su casa. Cuando llegué con su familia no pude contenerme y les grité que había sido su culpa, su maldita culpa y que por eso arderían en el infierno. Estaba tan molesta y triste que ahí mismo me desvanecí. Lo velamos un jueves por la tarde y un lunes por la mañana había sido enterrado en San Lucas. Cuando regresé a casa lloré hasta secarme. Han pasado meses y siento un hueco enorme en el pecho. Supongo que visitaré a mamá y la abrazaré muy fuerte.

Es de noche y me encuentro deambulando sola por las calles desiertas de la ciudad. Alguien me ha estado siguiendo desde que salí de trabajar y tengo miedo. Camino de una acera hacia otra y trato de doblar varias calles para esconderme, pero encuentra la manera de no dejarme escapar. Tal vez sea la siguiente pérdida de alguien o un cuerpo más sin una identidad que señalar para llenar una capsula de tantas, en un noticiero cualquiera a las primeras horas de la mañana. Sigo caminando con prisa y de pronto veo que viene una mujer esbelta, alta y pelirroja en dirección contraria a la mía. Volteo a verla con rostro de espanto y dolor, ella no lo reconoce y sigue su camino. Muero de miedo y pronto me doy cuenta de que el hombre que me perseguía acomete contra ella agarrándola de los brazos y clavándole un cuchillo en el costado derecho. De repente se acerca una camioneta blanca y la sube con rapidez. Me quedo absorta y trato de mirar la matrícula de la camioneta, pero no traigo mis lentes en ese preciso instante, así que la camioneta huye y me siento devastada por dentro. Cuando llego a casa me tiro en mi cama y comienzo a llorar y gritar.

Siento un alivio incierto por no haber sido yo la siguiente víctima de un destino atroz, pero tampoco puedo tolerar la culpa que me corroe por no avisarle antes a aquella mujer del peligro tan apremiante que nos acechaba. Pienso en las diferentes formas de tortura que muy probablemente sufrirá las próximas 24 horas y siento un vacío enorme en el pecho; no puedo respirar, siento que se me va la vida en un ataque de impotencia, llanto e ira infernal. Me quedo dormida y cuando despierto por la mañana un sentimiento de desesperación me invade por completo; miro las noticias en mi teléfono y ahí está lo que tanto me temía.

Se llamaba Susku, tenía 24 años y estudiaba diseño gráfico en una universidad de prestigio. La encontraron descuartizada en bolsas de plástico negras a la orilla de un canal de aguas negras. Su madre explica que aquella noche había regresado a su departamento después de salir juntas a tomarse un café y de ver una función teatral. Susku había ido a dejar a su madre a su casa y aunque ésta insistió que se quedará a dormir en la misma, Susku no aceptó porque al día siguiente tenía que asistir a la escuela y trabajar por la tarde. El problema fue que le dijo a su madre que se iría en Uber, no obstante, éste nunca llegó y mejor decidió caminar por cuenta propia. Nadie esperaría que jamás llegaría a casa; que no cumpliría su sueño de tener su propia editorial y trabajar para las grandes televisoras.

Su caso sigue abierto a investigación y la herida que dejó en el corazón de su familia aún no ha sanado. En especial en el alma de su madre, pues en su desesperación no soporto más las negligencias de las autoridades y la ley, por lo que decidió unirse a colectivos de mujeres en lucha para buscar por cuenta propia a los culpables del asesinato de su hija. Viajó por todo el país para hallar respuestas; desafió a todo tipo de autoridad y quemó cada espacio público que halló como parte del Estado en forma de protesta. Lloró, gritó, odió y quemó todo por conseguir alguna respuesta que pudiera acabar con su dolor. Jamás logró conseguir justicia para su hija y mucho menos para ella misma; murió con el dolor en el vientre, en las entrañas y el corazón. La asesinaron una mañana del 02 de octubre a las puertas del municipio de su Estado. A la mañana siguiente miles de personas marcharon protestando como símbolo de resistencia, lucha y venganza. La velaron sólo dos días y al tercero la enterraron en San Pedro, junto a los restos de su pequeña. En las redes sociales se sigue proclamando #justiciaparaSuskuyNorma.

Cuando veo a los seres que pudieron convivir con mi padre no puedo evitar sentir nostalgia y envidia por aquellas épocas en las que pudieron conocerlo y sentirse parte de su mundo. Y cuando observo a mi hermana, la cual mamá y papá tuvieron cuando tan sólo tenían 22 años, veo a papá tomarla entre sus brazos y abrazarla; enseñarle a leer en sus primeros años; guiarla por varios senderos del mundo y muero de celos al imaginar esas sonrisas, esos enojos y esas pequeñas lágrimas que salían de sus ojitos al momento de enseñarle sobre la vida misma.

Yo no lo disfruté de la misma forma. Cuando nací –mamá me había contado—, papá había empeorado en su enfermedad, ya no tenía las mismas fuerzas, le costaba ver bien y había pasado por muchas intervenciones hospitalarias. Recuerdo verlo en todo momento sufrir en silencio. Cada semana viajaba dos o tres horas a un hospital particular en buscar de respuestas, sólo para enterarse que las enfermedades que lo habían atacado desde hace años empeoraban más y más. Cuando regresaba, se encontraba enojado, triste y sin ánimos, pero cambiaba su semblante cuando mamá le preparaba su comida favorita y nos veía a los tres en la mesa comiendo y platicando; felices e inconscientes de la vida. Sólo así empezaba a contarnos varias anécdotas graciosas y a reírse a carcajadas. Amaba su risa, sus dientes, su cara y su piel morena. Era tan bonito y era mi padre; cómo no había de quererlo, de adorarlo…

Para él era la niña de sus ojos y recuerdo que solía consolarme con su cariño, fervor y comprensión cuando mamá me regañaba y yo lloraba a cántaros. Pocas veces salí con él o incluso hablábamos, pero las veces que lo hacíamos, eran momentos de alegría y felicidad. Era policía estatal y estuvo trabajando en ese lugar durante casi 20 años. Muchas veces nos contaba sobre las diversas carencias, humillaciones, denigraciones y menosprecios que sufría por las supuestas “ventajas” que le ofrecían sus enfermedades; como el hecho de no correr los mismos “riesgos” que sus compañeros sí por quedarse en el cuartel a velar por las noches a causa de que no podía moverse tanto o realizar maniobras peligrosas. Sus compañeros le tenían coraje, envidia y mucho rencor. Nunca lo quisieron y tal vez cuando él murió a nadie le importó su ausencia, más que a los que lo amábamos con el corazón en la mano.

Tuvo un accidente en el tercer piso del edificio donde velaba cada noche. Nos informaron sobre su caída cuatro horas después, y cuando llegamos al hospital ya había caído en coma. Era imposible que sobreviviera, y de haberlo hecho, hubiera quedado en estado vegetal o simplemente con múltiples fracturas que le costarían el sufrimiento más amargo de toda su vida. Murió al día siguiente de su accidente; tenía tan sólo 40 años y durante toda una semana lo velamos en su pueblo natal. Nunca hicimos una investigación sobre lo que verdaderamente pasó ese día, ni mucho menos pudimos indagar más allá de lo evidente. Mamá estaba sola con tres hijos que tenía que sacar adelante y todos nos sentíamos perdidos ante su partida.

Muchos dicen que tal vez lo mataron porque ya no soportaban su presencia en la comandancia, otros especulan que tal vez él mismo se suicidó, y yo considero que sea como sea, la versión que fuera, él estaba cansado de esta vida; quizá por eso jamás despertó. Sabía que nos amaba, pero le dolía el cuerpo, la vida, los sueños y sus esperanzas... Siempre he pensado ¿por qué a él y no a otras personas?, la vida, ni Dios, ni la muerte me darán respuestas. No queda más que esperar el fin y, tal vez, sólo tal vez, podría reencontrármelo al momento de renacer, en el término de mis días o quizá… Jamás lo vuelva a ver, ni siquiera en el momento de mi transición hacia la muerte. Lo único que espero es que en ese trayecto y transformación inmaterial no pierda los recuerdos y el sentir de todo aquello que alguna vez llegué a amar.

Tengo 20 años y sé que tengo toda una vida por delante para conocer la realidad a la que inevitablemente tengo que enfrentarme todos los días. Siempre le he tenido miedo a la muerte porque, en nuestro país, la parca es el pan de cada día. Al sobrevivir, luchar y resistir será imposible callarnos. Contar nuestras experiencias, sentires, vivencias y pensamientos también será una forma de construir la inmortalidad de aquellos que formaron parte de nuestro amor, nuestra memoria y de nuestra vida. Existo en medio de un miedo colosal que me persigue noche tras noche.

Desde que él se fue suelo tocar la ventana para despedirme de mi familia y desearles buen viaje; no sé cuándo será la última vez que los vea, y si esa es la última, prefiero que se queden con aquel amor que les profeso día a día, noche tras noche, vida tras vida. Y si mi escritura es mi primer medio de lucha y resistencia para inmortalizarlos, elegiré gritar hasta en lo más alto y visibilizar a los que fueron silenciados en tan sólo un abrir y cerrar de ojos e incluso, a los ojos y oídos del propio mundo.


 

Su nombre es Blanca Naivasha Gil Rojas (Naivasha Gil). Nació el 04 de julio de 2002, por lo que actualmente tiene 20 años. Estudia la Licenciatura de Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma

Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Desde que era pequeña siempre le apasionó la literatura, la didáctica y la investigación, por lo que sus principales metas es llegar a ser una investigadora, profesora y difusora de cultura en diversos centros e instituciones de investigación y educación a nivel superior.

Sus mayores intereses son las artes plásticas, la cinematografía, la danza y la ciencia biológica —especialmente la biología marina—. En los últimos meses se ha interesado por conocer y estudiar las diversas características y determinaciones del Cine Mexicano y Latinoamericano, así como las expresiones y configuraciones de la Literatura Caribeña, Latinoamericana, Mexicana y Africana; al mismo tiempo que la interrelación entre ambas disciplinas. Ha participado en algunos talleres de danza, artes y cinematografía. En la preparatoria presentó su primer cortometraje escolar nombrado “Better of dead” como parte de un proyecto de concientización social sobre el suicidio en la adolescencia. Desde los 12 años ha escrito cuentos, anécdotas y relatos sobre sus experiencias, vivencias y pensamientos personales, así como de la realidad que la rodea. Sin embargo, este es su primer cuento publicado.

A finales del 2022 se unió al club de lectura sobre Feminismo Decolonial en el grupo “Habitar el cuarto impropio” perteneciente a la revista de “Lunáticas”, organizado por Fernanda Xochiquétzal. Desde entonces, sus principales puntos de actividad y propósito personal y colectivo ha sido conocer, estudiar y luchar por difundir, expresar y enseñar sobre las diferentes luchas, resistencias y recreaciones del feminismo decolonial, así como de los pueblos originarios y afrodescendientes, con el propósito de hacer reconocer las diversas violencias estructurales, políticas, ideológicas, sociales, etc. que sufren tanto las mujeres, así como la racialización, discriminación y relegación que comprenden los grupos indígenas y afrodescendientes en diversos contextos de xenofobia, racismo y clasismo, respectivamente.

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