"El mundo que se perdió"

por Zulema Holguín Sánchez


No era un día cualquiera en la ciudad. Se celebraba la presencia del presidente Monago Deltuls en la plaza principal. Tampoco era que su robusta figura tuviera un valor real o de importancia, puesto que ésta radicaba en la disposición tradicional con la que el pueblo acogía al personaje. Mis padres disfrutaban de aquel retorcido evento al igual que mi familia colateral. Me otorgo el derecho de nombrarlo con ese adjetivo despectivo puesto que, a lo largo del tiempo y con ello la historia que me ha concedido mi edad conocer o testificar, he tenido la certeza subjetiva de creer que irreparablemente el poder corrompe al más noble y puritano sujeto.

Claro que tampoco soy un extremista, mi consciencia me advierte sobre la variabilidad e intensidad con la que alguien puede caer en tal desvirtud, pero por ahora centrémonos en la trama de esta afortunada hazaña. Dichosa en honor a la vida que me ha regalado una segunda oportunidad, y con ello el placer de poder contarles esta paradójica travesía que ha destruido mi mundo y con ello ha permitido la improbable posibilidad de ver nacer uno nuevo. Y me convenció de que a veces lo lógico o lo racional no es más que una equivocada sobre reacción ante aquello que permite ver algo con los sentimientos y los sentidos limitados. Empecemos pues con la dura situación que permitió que surgiera este demente y descabellado relato.

Estaba yo sentado en una banqueta de hormigón presenciando la extravagante celebración. Cuando ya hastiado por el penoso panorama decidí voltear la mirada al cielo. Observaba más tranquilo el paisaje azul que comúnmente las personas dejamos pasar desapercibido la mayoría de las veces, al no ser que exista un suceso de interés que nos haga inclinar la cabeza en dirección contraria a la gravedad que nos contiene. Fue después de ver una aurora boreal extraña que se expandía con rapidez lo que hizo que sintiera una ligera frialdad en mi interior. De un momento a otro retrocedió de forma abrupta y al no tener una causa mostrable aparente decidí ignorar el suceso.

Más tarde y sin intenciones de seguir mirando a la muchedumbre regresé de nuevo la vista al cielo. Fue entonces que, para mi sorpresa, el horror indecible se apoderó de toda razón, logrando que los rumores más descabellados que puede llegar a tener la imaginación rebasaran los limites superando toda realidad conocible; mi mundo estaba siendo atacado por seres extraños que descendían de los cielos y que provenían de todos lados a nuestro alrededor.

De pronto todo estaba envuelto en un caos indescriptible, en donde niños, jóvenes y adultos corrían y gritaban tratando de obtener algún beneficio en sus actos instintivos, y yo al igual que ellos trataba de huir buscando con temor a mis padres. En ello, un pleno y cegador resplandor alumbró todo campo de visión con tal potencia que las personas mayores cayeron de rodillas con la expresión impávida, seguida de una disolución instantánea que convirtió los cuerpos inertes en cenizas. Yo estupefacto, con los miembros helados, la curiosidad excitada y entremezclada con incertidumbre; me provocó una rigidez tan profunda que parecía una estatua abandonada al total abatimiento. Hasta que alguien decidió por mí y me jaló llevándome a una alcantarilla cercana, no tan profunda, pero que nos sirvió de refugio a tantos de los que su capacidad interior le permitió. El lugar era sombrío, no sólo por la ausencia de luz que nos negaba la estructura, sino por otras circunstancias que tenían que ver precisamente con el ambiente del sitio, y más que nada, por la caótica e inimaginable situación que decidió un mal día hacer acto de presencia. Ahí, debajo de la ciudad, toda valentía escapaba precipitadamente de los cuerpos más valerosos.

Después de unos minutos de incesantes ruidos de dolor y angustia todo quedó en silencio, hasta que por la redonda puerta de la alcantarilla se empezó a filtrar un líquido carmín. Era sangre rociando las cabezas de los hombres debajo de ésta. En ese momento una joven madre aturdida por la presencia del fluido vital comenzó a tener movimientos torpes y compulsivos que nos dieron a entender que eran convulsiones nerviosas. Todos tratábamos de asimilar por nuestros propios medios las secuencias de hechos que se consideraban poco probables en el pasado, y de los cuales; desafortunadamente era remota la probabilidad de heredar a las generaciones futuras.

Así pasaron los días, sucediéndose unos a otros con esa monotonía cargada de sed, hambre y angustia colectiva. No dejaban ver más allá de nuestros actos torpes cargados de miedo, en donde me refugiaba en la imaginación, pues sólo a través de ella era capaz de calmarme un poco, desmenuzando recuerdos insípidos de mi pasado y fundiéndolos con acciones que me hubieran gustado que pasaran en el futuro, claro que, dándoles el mágico toque que sólo la fantasía puede otorgarles. Pues ahí estaba como demente riendo de mi estúpido sueño húmedo con Marina, esa boba y bella morena que se robó mi corazón en un momento de debilidad masculina, cuando en mis peores momentos ella sólo sonreía y automáticamente me cargaba de energía, era ese extraño poder que tenía sobre mí lo que me dominaba el corazón.

Estaba sumergido en divagaciones de esa índole cuando escuchamos atónitos a los nuestros arriba del pavimento. Con evidente entusiasmo una mano tomó el cerrojo de la puerta y se disponía a abrirla, en eso, otra persona le sugirió no hacerlo. El motivo de ello era que no se sabía qué magnitudes físicas podrían alcanzar los seres extraños para obtener su objetivo. No faltaron los que estaban en contra y a favor del argumento. En mi caso y ya agobiado le hice lado a los que estaban en contra. Tenía que salir a tomar el aire fresco, además, la idea de haber perdido a mis padres en ese lugar era latente. Así que ya no me importaba morir, quizás después de la muerte podría aspirar a otro tipo de oportunidades. No lo sé, pero el hecho de inhalar la pestilencia tarde o temprano terminaría matándonos, entonces, debíamos de morir con honor, intentando salvar al mundo que nos vio nacer; al que le debíamos toda esa carga de conocimientos útiles en mi mundo, pero que quizá son inútiles fuera de él. Alcé la voz y con total convicción dije a mis compañeros que debíamos luchar por nuestro mundo y para ello era necesario salir del lugar.

Así que todos se hicieron de herramientas improvisadas para salir y enfrentar a muerte al invasor. Dimos juntos la orden para que abrieran la puerta, entonces un soldado extendió su brazo para ayudarnos a salir. Salimos y efectivamente, un extenso ejército de los nuestros estaba preparado para afrontar aquella cruda realidad. Un silbido alertó de inmediato al pelotón. El enemigo se acercaba con velocidad, fue ahí que por primera y única vez pude ver tan cerca al adversario. Aturdido y desorientado yacía frente a las siluetas estrafalarias de los monstruos; eran seres viscosos, de proporciones semejantes a una esfera, enormes que no caminaban, sino que rodaban dejando restos azulados y violetas.

¿Qué demonios eran? ¿Qué patética y absurda realidad presenciaban los ojos vírgenes de ese tipo de seres? Virginidad sensorial que en toda dimensión fue corrompida por aquellos perturbadores engendros. De inmediato un grito ahogado en pesar me trajo de regreso a la realidad, y comencé a correr al igual que mis semejantes, con tanta fuerza que me fuera posible, forzando cada vez más la respiración, alejándome con cada pisada de aquellas bolas que aplastaban y succionaban a mis camaradas, mientras algunos lograban ser destruidos por los misiles que los alcanzaban. Me escondí de nuevo en una alcantarilla al darme cuenta de que mis condiciones no estaban facultadas para derrotar al enemigo, lo más lógico sería esperar y lo ilógico morir inútilmente.

Así que abracé fuertemente mis rodillas mientras algunas lágrimas incesantes se filtraban como agua desembocando en una cascada. Ya no tenía esperanza, ahora el sufrimiento físico y moral que dejaba la destrucción era masivo. Mi mundo sería condenado a la ruina total, lo deduje cuando en varias ocasiones la tierra retumbó tan fuerte que pude asegurar que de no haber sido por obra del bendito pavimento que me detenía pude haber salido volando hasta el infinito espacio.

Después con la voz triste y que apenas reconocí como la mía me dije a mi mismo que ya todo había terminado. Estaría condenado a la soledad perpetua en este mundo desolado. El cansancio prolongado debido a la vigilia me hizo caer en un sueño profundo, del cual desperté más tarde al sentir una mano amiga que me tomó de los hombros para sacarme y decirme que la guerra por fin había terminado, habíamos ganado.

Después de ese macabro suceso y al pasar de los años noté que el mundo se marchitaba, varias regiones estaban ennegreciendo y llenándose de una sustancia rojiza que cubría gran parte del territorio, los animales morían de formas misteriosas, la vegetación se autodestruía, la tierra se volvía infértil. Poco a poco el olor dulce y refrescante del mundo se transformaba en uno de putrefacción, pero mi gran sorpresa no terminó ahí, sino que se potencializó el día en que extraordinariamente la tierra tembló por décima vez.

En esa ocasión logró aventarme hacia el espacio junto con miles de mi especie. Fue tan brutal el impulso que nos hizo ver desde arriba gigantescas formas irregulares, tan enormes que ni siquiera nuestro mundo o entorno acostumbrado se comparaban a semejantes longitudes, pero atónito y con mi alma ya exaltada y creyendo que ahora sí, sin remedio alguno moriría, escuché algo mientras caía hacia una de esas formas extrañas. Con voz ronca y extremadamente rara pronunció:


—¡Ay Dios! Mi amado esposo, qué voy hacer sin ti ¡Este maldito virus me ha quitado lo que más adoraba en la vida! —se quejaba aquella forma desgraciada mientras yo caía en ella entrando por una cavidad gigante, para luego instalarme de nueva cuenta en otro mundo. Igual de maravilloso que el otro, claro que, con algunas diferencias, pero igual de formidable y habitable.


Espero que ahora sí, éste tenga la decencia de aguantar la descendencia y durarles toda la vida. Que no les toque vivir una experiencia poco creíble y caótica como la mía. En tanto en que yo seguiré aquí, disfrutando el triple deleite que me brinda el hermoso paisaje, el cigarrillo en mi mano y el café a mi lado, mientras trato de descifrar lo qué quiso decir aquel esperpento con la palabra virus.


 



Zulema Holguín Sánchez.

Originaria de Balleza, Chihuahua. Nació el 9 de agosto de 1992 y estudió la Licenciatura en Filosofía y Maestría en Educación Superior en la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH).


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