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"Doña Nina" por Nohemí Damián

Comí tan rápido que me mordí uno de mis labios. El inferior. Ni el dolor ni la sangre me impidieron tragar mis alimentos. Devoraba cada trozo del pollo que me sirvieron. ¿Era pechuga o muslo? No importaba. Es la primera vez desde hace tres semanas que pruebo alguna comida. Me castigó privándome hasta del agua porque sospechaba lo que hice, seguro mis ojos me delataban.

A nadie le dio asco mi forma de comer, menos al marido de mi mamá, que me vigilaba desde su asiento. Solo expulsaba el humo de sus pulmones como una chimenea y volvía aspirar de nuevo. Mi mamá me miraba con una gran pena. Parada a un lado de su esposo como le había enseñado la abuela. Metió sus manos maltratadas en su delantal para ya no morderse las uñas. Representaban un cuadro. Uno que ya no quería observar.

Todos los delantales que se pone mamá fueron tejidos por ella. Cada uno está adornado de flores, frutas y aves. Tal vez refleja sus tristezas. Imagino que teje flores porque quiere un jardín en el patio. Supongo que teje frutas porque su esposo es el único que las consume. Presiento que teje aves porque desea ser libre.

Trago mi último bocado. Me levanto de mi silla sin decir gracias. Cometo un gran error. Cierro los ojos con resignación y me quedo parado como buen soldado que obtendrá pronto una reprimenda, mientras mi mamá se lanza ante quien dejó de ser una chimenea y se ha vuelto un animal que va tras su presa.

*

Todos los domingos por la mañana iba con mamá a una pequeña iglesia. Nunca sentí tranquilidad al ingresar en ese recinto. Me daba pena ver cómo las personas llegaban casi arrastrándose. Unos lloraban desconsoladamente de rodillas, cerraban los ojos o miraban hacia el techo. Otros simplemente movían entre sus dedos un rosario desgastado. Todo el lugar se llenaba de susurros inaudibles. Me mareaban todas esas reacciones juntas.

Mamá decía que la paz reinaba en esa iglesia, pero yo observaba un panorama distinto. Probablemente no comprendía sus palabras porque todavía era un niño y siempre nos presentábamos con las marcas que dejaba mi padre después de enojarse con nosotros.

*

Mi mamá cada que tenía la oportunidad me contaba cómo era su esposo antes de que yo naciera. Era un hombre distinto. Un joven enamorado que le regalaba sus flores favoritas, los tulipanes. Tocaba su guitarra y le dedicaba cada tarde una canción nueva. Le tomaba fotos con una vieja cámara cuando menos se lo esperaba: mientras comía, dormía u observaba el jardín de mi abuela por la ventana. Esas fotos están guardadas en el cajón secreto de mamá junto con varios tulipanes secos que sirven de separador en sus libros.

*

Mamá últimamente me comenta que me parezco a ese señor y me acaricia una mejilla. Solo le sonrío por educación, pues no me gusta que me diga así. Detesto a ese hombre que no la deja ni ir a la esquina sin cuestionarle todo: ¿con el permiso de quién?, ¿eh?, ¿a dónde vas?, seguro irás a decirle puras mentiras a la vecina, ¡cómo te encanta el chisme!

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Hoy besé a alguien. Es la primera vez que lo hago, pero obviamente no se lo confesé. Me hice el valiente por unos minutos y lo besé suavemente. Me hormigueaban las manos y vi borroso por un momento cuando incliné mi cabeza hacia su rostro color canela. Rápido cerré los ojos y acerqué mi boca. Su respiración era fresca, apenas había terminado de comer su nieve de vainilla. Por ese motivo, sus labios estaban fríos. Sentí como electricidad por todo mi cuerpo mientras me devolvía el beso. Nuestros alientos se entremezclaron. Seguro tenía más experiencia que yo porque, cuando terminamos, sostuvo mi barbilla unos breves segundos y me vio directo a los ojos. Adán salió corriendo a la cancha de fútbol cuando escuchó que lo buscaba su amigo Pedro.

*

Mamá lee siempre que su esposo se encuentra trabajando. A veces lo realiza en voz alta y mueve las manos en un intento de atrapar sus propias palabras en el aire. Sus mejillas se pintan color cereza. En ocasiones se levanta de la silla o del sillón para acercarse a la luz de la ventana y se intensifica su voz.

No la interrumpo y prefiero sentarme en el piso para observar sus reacciones. Cuando camina e interpreta al mismo tiempo, pareciera que danzara con las letras. Una danza donde solo existe un espectador.

Al crecer, pude descubrir que leía teatro. También la he escuchado leer poesía, novela y cuento, pero parece que su género favorito es el dramático.

Su lectura la vuelve un personaje de carne y hueso; podría personificar lo que fuera. Entre tantas y tantas obras existía una que se sabía de memoria, que repetía entera sin libro en mano, Casa de muñecas.

*

Decidí jugar fútbol solo por un motivo: Adán es el portero estrella del equipo de la escuela. Soy malísimo en el deporte y con frecuencia me regresan a la banca por mi falta de coordinación en los pies, pero todo vale la pena por ver cómo Adán defiende la portería.

Casi nadie puede anotarle un gol. Sus fuertes brazos están preparados para recibir cualquier pelota extraviada. Sonríe cada que nuestros compañeros logran anotar un punto al equipo contrario. Cada sonrisa me hace suspirar internamente y me da las fuerzas suficientes para dar todo en la cancha, aunque eso signifique caerme todo el tiempo.

*

Abro los ojos como platos al notar la valentía de mamá. Nunca le había reclamado a su marido ni siquiera lo más absurdo. Cuando vi que se puso enfrente del animal enfurecido, hambriento de jugar con su presa, temí lo peor. No podía correr y tampoco gritar. Solo quería sacarla de en medio.

―¡Quítate! ―vociferó el animal.

―¡No!

―...

―¡Ya me harté de ti, Bernardo, y... ―no logró terminar la frase porque recibió un golpe tan fuerte que la lanzó cerca de la estufa.

Mis pies se dirigieron hacia ella y mis brazos la rodearon, rechiné mis dientes por la impotencia. Temía por la seguridad de ambos y mientras pensaba en cómo huir del peligro, tocaron la puerta principal de la casa. Eran la vecina y mi abuela. Respiré hondamente y me levanté para enfrentar la furia del depredador.

*

Doña Nina se sienta en el pasto y observa cómo la brisa se da paso entre los tulipanes recién regados. Algunas abejas zumban alrededor de las flores. A lo lejos se escuchan algunos pájaros trinar una canción que solo ellos conocen. Nina siente que puede descifrar esa canción. Inclina su cabeza hacia atrás para que los rayos del sol acaricien su rostro. Una sonrisa aparece poco a poco en sus labios. Un gesto que ya había dado por perdido. El aroma de las flores y los manzanos que cercan la casa se convierten en su perfume favorito. Ella, Antonia, mi querida madre, dejó de tejer desde que se separó de ese hombre, Bernardo.


 

Nohemi Damian de Paz

(Ciudad Juárez, Chihuahua, 1995)

Licenciada en Literatura Hispanomexicana y estudiante de Ingeniería en Manufactura por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Ha publicado en las revistas Metáforas al aire, Palabrerías, Zompantle, Cuadernos Fronterizos, Comedia sin título, Revista Sangría y Cósmica Fanzine. Fue incluida en las antologías Casa de los espejos (Ediciones Ave Azul, 2020), Mundos disidentes (Aquelarre de tinta, 2021) y Voces indómitas (Crisálida Ediciones, 2022). Finalista de la Cuarta Edición del Premio «Caperucita feroz» de cuentos de Ápeiron Ediciones.


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