"Desposeída"

por Ana Gabriela Morales Ríos


La cultura dominante, cultura del desvínculo, rompe la historia pasada

como rompe la realidad presente; y prohíbe armar el rompecabezas.

Eduardo Galeano.


Le faltaban dos piezas y sentía apachurrado el corazón. No concebía llegar a los setenta y tres años sin ese par de fragmentos. Irse sin ellos… no. Simplemente no acostumbraba dejar

las cosas a medias.

Su madre le contó que no había elegido un nombre para ella, estaba esperando el momento de verla por vez primera y fue entonces que abrazándola aquella oscura y cálida noche, cuando llegó a este mundo el último día del séptimo mes, se acercó y acarició el pequeño oído con sus labios y su nombre: Yolotzin, corazón ¡hola niña, hola, corazoncito! Le

encantaba recordar esa anécdota. Su madre insistía en que el nombre encarna al recién nacido y debía tener razón, porque su corazón siempre late como loco cuando está contenta

y le presagia también las cuitas del camino.

Hace ya varios días que, cuando el ruido de la ciudad cesa en la madrugada y la soledad sele enreda entre los dedos mientras esculpe y barniza máscaras, su corazón le avisa insistentemente que no le queda mucho tiempo en este mundo, que pronto zanjará la trama tan compleja que en la urdimbre de sus días le ha tocado tejer. Así que ha decidido recoger sus pasos, regresar de donde vino hace tantos inviernos, a ver si por los caminos andados tropieza con lo perdido. Bien que ha sabido de tantos difuntos que ni descansan por andar visitando a sus antiguos quereres, intentando hacer y decir lo pendiente. Por eso ella empezará desde mañana. Un cosquilleo de entusiasmo la invade. Toda su vida intentando tenerlo todo bajo control, ocupándose de todos y ahora que emprenderá algo que sólo a ella pertenece, no sabe muy bien por dónde habrá de empezar.

Lo mejor será volver a su pueblo, del que salió muchos años atrás para vender sus máscaras hechas de fragante madera oscura, porque allá arriba los turistas ya no llegaban a

comprarlas. La pobreza y los criminales invasores habían despojado de sus tierras a los pobladores, forzándolos a desplazarse y despedirse de sus pertenencias. En aquel entonces, bajó de la montaña a la ciudad, donde el desdén de los otros le hacía añorar sus épocas entre inmensos árboles protectores y ojitos de agua transparente donde se bañó tantas auroras. Mucho tiempo había pasado y no se acostumbraba a ver esas almas que van y vienen de un lado a otro sin contemplar la vida, sin mirar al otro. En la piel obstinada conservaba el aroma del té de canela y la humedad de la parcela recién llovida.

Tal vez por esa nostalgia, por andar siempre navegando en el pasado, una de sus máscaras le jugó una mala broma escondiendo su memoria cotidiana y por eso a cada rato se le desaparecen instantes. En días recientes, por ejemplo, no recordaba si se cambió de vestido, si se bañó, si comió… o la vez que se le olvidó el camino de regreso en la gran urbe y extravió sus pocos centavos. Así como los pedacitos que las hormigas les roban a las hojas dejándolas mordidas, incompletas; así siente cómo esa máscara le ha dejado la mente, con huecos por donde se escurre su presente y el día anterior y el otro, con espacios en blanco que parece que se reproducen y se extienden. Tenía que apresurarse, no sea que por sus descuidos se quede vagando en el mundo eternamente, en medio de un terrible vacío.

Yol quiere que cuando la muerte diga su nombre, su espíritu pueda sonreír, alegre y completo. Primero habrá de hallar la pieza más importante… ¡Bueno, sí! recordar es importante, ella sabe que la memoria es el mapa de sus días, lo que conforma su esencia, las experiencias que llenan de emocionantes detalles los relatos que se cuentan frente a la luz de una fogata o de una vela que alumbra la cara asombrada de una niña antes de dormir.

Pero… ¿cuándo se le habrá perdido el cuerpo? Se había acostumbrado a la indiferencia de esa gente de la capital por lo que no se le hizo raro que ni voltearan a verla. Si no fuera tan distraída todo sería más sencillo. Andar, andar… − ¿Pos dónde me habré dejado? Lo que Yol ignora, es que kilómetros atrás, su cuerpo inerte se cansó de esperar a ser encontrado y decidió en un instante adelantarse, dividirse, convertir la materia fatigada en flores nacientes, luego en plumas iridiscentes que la hicieron viajar a través del viento y llegar hasta la cima de la montaña, a esa tierra tan conocida y dulce que le brindó su primer aliento y donde pronto su espíritu podrá también reposar.



 

Ana Gabriela Morales Rios. Nació en Chihuahua, México y actualmente radica en la CDMX. Psicóloga. Ha trabajado principalmente con mujeres familiares de pacientes adictos. Algunos de sus escritos se han publicado en revistas y proyectos digitales e impresos como Penumbria, Ek Chapat, Editorial Elementum (Clan de Letras) y Especulativas. Participó con un cuento en la antología del concurso Internacional de Los Cuentacuentos y en el libro ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género, editado por la UAM.


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