"Claroscuro"

por Carmen Macedo Odilón


Desde el techo, Josefa miraba la ciudad. La niña se dio una caricia sobre la mejilla inflamada en lo que ahogaba un último sollozo. Sentada sobre tablas podía contemplar la lejanía; los foquitos de eso que los ricos llamaban “alumbrado público” y que se levantaban como estrellas desde la negrura de su campo. A su espalda árboles, milpas y algunas cabañas perdidas a las orillas del único mundo que conocía.

En aquella pendiente donde vivía, una fogata vecina atrajo su mirada y alrededor de ella, una tenue y encorvada sombra interrumpía el fluir de la llama mientras asaba elotes. Debía ser la señora Citlalli, a quien los campesinos de Josefa llamaban bruja por el hábito de encender su fogón en medio de la nada, únicamente para admirar la flama mientras tarareaba una canción en lengua desconocida. Josefa no despegó la mirada de la señora que atizaba el fuego con un palo, donde las brasas anaranjadas que se elevaban ante el calor dejaban escapar algunos crujidos de la leña que se consumía como un incendio privado.

La mamá de Josefa le gritó para que entrara a la casa, pero la pequeña no hizo caso. Ya no quería estar más entre esas paredes de madera que guardaban el secreto de sus lamentos sobre un petate compartido, donde su cuerpo no le pertenecía solo a ella, harta de vivir con un par de monstruos cuando todo a su alrededor le parecía inmenso.

Una traviesa chispa atrajo su mirada, un punto rojo en medio de la oscuridad, pero la asustó, esta vez, el grito del “señor” de su mamá.

—No le ruegues, mujer, si la chamaca no quiere, que no coma. Al rato va a ver…

Josefa se hizo bolita, aún con el crujir de la madera y el soplido del viento, en su posición de vigilante del mundo. Se abrazó las rodillas y siguió en lo suyo, contemplando. La brasa juguetona casi se posaba sobre su mano, pero un “shh, shh” la hizo desaparecer, como si aquel llamado la pidiera de vuelta. La señora Citlalli, ante la tenue luz del fuego, se acercaba a Josefa subiendo entre las piedras. Casi frente a la niña, la mujer extendió su brazo para que alcanzara un elote recién asado sobre su hoja, el cual fue imposible rechazar. Una nueva e insistente chispa desaparecía y aparecía a voluntad ante las dos, y mientras Josefa comía, podía distinguirle alas diminutas con las que no paraba de seguirla.

Era pequeñita y se posó en el índice de la niña. Ésta se limpió el maíz de la boca y aproximó la chispa a sus ojos, tan de cerca que hasta los destellos de la lejana ciudad le parecieron chicos.

—Pide un deseo —oyó la niña, pero en medio de la negrura no supo si la voz venía de la señora Citlalli o de la luciérnaga en su dedo.

—Me quiero ir de aquí, de lo negro y abandonado, quiero ir allá... —Josefa señaló las farolas y sus resplandores intermitentes— y más allá... —Entonces extendió los brazos al cielo—. Quiero ser libre como tú, chispa que brillas sola y vuelas lejos donde nadie te lastima.

El calor del fogón se sentía cada vez más fuerte, las esponjadas nubes del humo de la fogata envolvieron a la niña, mientras oía un canto desconocido. Josefa dejó escapar una tos y sus ojos comenzaron a llorar por el ardor. Entonces la oscuridad fue total.

Cuando abrió los ojos, no vio más que negro. Josefa trató de bajarse del techo, pero éste había desaparecido. Un resplandor iluminó su espalda como si detrás de ella hubiese salido la misma luna, “¿un faro?”, se preguntó. A su lado vio aquella chispa insistente que se había mostrado ante sus ojos, pero ahora era diez, cien y hasta mil veces más grande.

La luciérnaga gigante abrió sus alas y se elevó donde un sinfín de paisajes se le revelaban. A su vuelo dejaba una estela brillante como si fuera una estrella fugaz y al mismo tiempo invitaba a Josefa a acompañarla. La niña gritó aterrada ante el cambio del insecto. “¿Quién hizo esto?”, se preguntó, sin embargo, la estela era demasiado atrayente, como si llamara a todas las fibras de su ser a seguirla, hipnotizada por su luz. La niña brincó con todas sus fuerzas, solo para descubrir patas en vez de piernas, alas en lugar de brazos y una luz propia que era tan deslumbrante como la de su guía. Agitó sus alas y se despegó del suelo acostumbrándose a la sensación etérea de sus movimientos. Ascendió hasta que su hogar le pareció minúsculo y el cambio no dejaba de ser extraño, a la par que fascinante.

Ambas chispas aletearon y Josefa creyó que podrían llegar a la luna, convencida de que era ésta quien dotaba de luz a las luciérnagas. Ante la partida de los dos foquitos parpadeantes, la señora Citlalli no hizo más que mirarlos satisfecha y se contuvo despedirlos con la mano. Cuando desaparecieron de su vista, la mujer miró la fogata y dejó escapar una sonrisa seca mientras revolvía las cenizas entonando las últimas sílabas de su canción.

Las chispas aleteaban entre las farolas, trazando haces de luz que se desvanecían al instante, pero ante los destellos tan cegadores de la urbanidad, el fulgor de ambas luciérnagas parecía insignificante e incluso sus alas comenzaban a agotarse. En la ciudad, la luna apenas se distinguía, obstaculizada entre las nubes y edificios, y Josefa tuvo la inquietud por volver a lo negro, donde su delicado resplandor bastaba para domar hasta a la oscuridad.

Josefa dio una vuelta en U, esquivó el cableado de los postes y voló con todas sus fuerzas de regreso, pero su acompañante poco a poco iba quedándose atrás y el alma aún humana de la niña se preocupaba. “¿Y si no llegamos?, ¿y si nos perdemos en este mundo que quiere comernos?” Un zancudo gigante casi chocó con ella, tenía seis patas articuladas, antenas y un pico largo. Josefa de inmediato pensó en el “señor” de su madre y, acto reflejo, trató de escapar de entre sus extremidades. Se alejó hasta posarse en una pared para retomar el aliento, pero se obligó a volar porque una enorme araña dio un salto para atraparla, pero tuvo que conformarse con una mosquita. Josefa vio a la araña envolver a su presa con sus delicados hilos y otra escena vino a su mente: la madre en el petate, cubriéndola con una manta mientras le susurraba que, si no hacía ruido, acabaría pronto. La otra luciérnaga emitió un par de débiles destellos, Josefa la siguió y ambas fueron de vuelta a la orilla de la ciudad.

Las chispas, volando cada vez más despacio, se detuvieron en una farola a medio instalar y descansaron. El brillo de la luna se desvanecía entre nubes grisáceas y cerca de media noche, la oscuridad se intensificaba. Josefa se sintió más pequeña que nunca, como la primera vez que encontró refugio en el techo. Reunió fuerzas para el despegue hacia su hogar; no las paredes de madera, ni en la apretura del petate o las lágrimas que humedecían sus mejillas, sino al lugar más alto al que podía escapar, en la oscuridad más profunda donde se olvidaba que tenía un cuerpo. Mas esta vez tuvo que partir sola y no se atrevió a mirar atrás.

Los gritos de su madre le hicieron saber que estaba cerca de casa, así como el susurro de los árboles que la llamaban a refugiarse entre sus hojas, en medio del viento frío que despejaba de nuevo el cielo y la soledad de los campos. El “señor” de su madre dijo:

—Ya, mujer, volverá cuando tenga sueño, y esta vez va a ver la condenada… —y dio un portazo de regreso al interior.


A los alrededores ya no quedaba rastro de la fogata ni de la señora Citlalli, y Josefa, de nuevo en la orilla de su mundo, se sintió tranquila entre lo que conocía. La pequeña se posó en la aguja de un pino y desde ahí, tras recargar sus fuerzas con la luz de una luna que brillaba solo para ella, decidió regresar a lo suyo: sola, admiraría las farolas lejanas de la Ciudad de los Palacios, las estrellas en lo más alto del cielo y desde ahora, el destello propio de un cuerpo nuevo, que noche a noche acompañaría su vuelo.



 


Carmen Macedo Odilón es oriunda de la CDMX. Bibliotecóloga por profesión y estudiante de Lengua y literatura hispánicas de la UNAM y de Creación literaria de la UACM por vocación.

Ha publicado cuentos en las antologías de Editorial Escalante, así como de manera virtual, ensayos, relatos, cuentos y artículos con perspectiva de género en revistas literarias, académicas y fanzines. Es huidiza por convicción, estudiante de la vida, bibliotecaria de los recuerdos, devota al Gatolicismo y clienta asidua del insomnio.

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