"Azul Zafiro"

por Zulema Holguín Sánchez


La familia Martínez estaba conformada por Ruth, su hija Dalila de cuatro años y su esposo Octavio. La vivienda era de tres pisos, tenía una enorme fuente en medio del jardín, había árboles verdinegros por la clorofila en su pleno apogeo en temporada de lluvia, enormes y frondosos; daban al ambiente junto con la vasta flora una apariencia de ensueño que incitaba a perderse bajo los constantes efluvios de flores y azahar que desprendía la atmósfera. Los Martínez tenían la oportunidad de disfrutar el panorama el tiempo que quisieran, solo era cuestión de voltear la cabeza hacia las ventanas; estaban tupidas en la estructura de la casa; eran ovales y anchas, que permitían a su vez, que las constantes oleadas de sol impregnaran de luz los tres pisos contiguos, a excepción del sótano que se encontraba bajo la oscuridad. Ahí resguardaban las cosas que ya no usaban, pero que por alguna razón de apego se veían en la obligación de conservarlas.

El drama comenzó con la llegada del sillón azul zafiro y con la carga de trabajo que consumía gran parte del tiempo de Ruth. Situación que la obligó a montar en casa y de forma improvisada un laboratorio para seguir con los experimentos derivados del trabajo que demandaba una estricta disciplina y un compromiso de acero. Dormía pocas horas, tiempo que dejaba el cuerpo inerte sobre el sillón. Se había negado en abandonar el laboratorio, razón por la que hizo tan suyo el mueble que además de ser aterciopelado tenía abajo una palanca que al jalar se deslizaba una extensión singular que a ella le gustaba.

Cuando fueron a la tienda de antigüedades Octavio le insistió en no llevar a casa el sillón, a pesar de que, en un inicio, había sido él quien le sugirió comprarlo. Creía que fuerzas anormales y supersticiosas emanaban del mueble. Anteriormente había leído en Internet un artículo por accidente; atribuía un poder negativo y extranormal a los artefactos de una remota antigüedad.

Ruth era una mujer alta y robusta, de pensamiento analítico, erudita científica y destacada académica que no creía en poderes sobrenaturales, motivo suficiente para aferrarse al objeto de su gusto. Sin embargo, el constante temor de Octavio por las causas malignas que podrían arrastrar a la familia a la oscuridad más incierta y como consecuencia de aquella errada decisión lo perturbaban en gran medida, o eso parecía.

Por lo general las personas que conocían a la familia preguntaban algo incrédulas sobre la estricta actitud relacionada al cuidado y severa limpieza que mantenía Ruth en el sofá, y a sus espaldas murmuraban con base en una manía espontánea que había desarrollado al decorar la casa con adornos de una remotísima antigüedad, y la cual creció con la llegada de la última adquisición. Obsesión extraña que se descontroló cuando tomó la decisión de pintar la casa de un color intenso; de un azul zafiro que hacía juego con el decrépito sillón.

Ruth improvisó el laboratorio en el ático. Le gustaba respirar el aire fresco desde lo alto y entre los lapsos largos de trabajo, además sentía que el cielo la inspiraba cuando el cansancio amenazaba por derrumbarla, y le motivaba la idea de que algún día traspasaría e iría más allá de la línea atmosférica que la delimitaba entre lo que conocía más y lo que conocía menos. Y en su ambición por saber se reprochaba el hecho de que su condición natural la dejara con los sentidos aletargados; incapaces de superarse por sí solos, pero capaces de modificar su alcance a través de los avances científicos y tecnológicos, motivo por el cual se encontraba maravillada por su profesión. El trabajo consumía gran parte de su tiempo, así como el agotamiento físico y mental que progresivamente deterioraron su salud, su estado de ánimo y las relaciones con la familia.

Octavio empezó a reprocharle la situación. Le hacía comentarios con respecto al desinterés que notaba; de la falta de arreglo personal y del descuido en el hogar. Él trabajaba todo el día al igual que ella. Y a pesar de que ambos tenían una educación formal notable seguían siendo esclavos de las costumbres cargadas de una concepción machista; donde el hombre respaldaba las ideas de que a ella le correspondía hacer las labores que caracterizaban el rol tradicional de la mujer en familia, y por obvias razones él jugaba el rol del macho, cosa que dejaba a Ruth más insatisfecha que nada, sobre todo porque ambos se ocupaban de los gastos económicos, y como si eso no fuera suficiente; se le cargaban las labores domésticas y las de crianza. Esto empezó a molestarla. Que igualmente, con los reclamos insistentes de ella a él terminaron por romper la poca armonía que existía en el hogar.

El hombre dejó de tener interés en ella. Después de un tiempo empezó a llegar a altas horas de la noche, se volvió un cascarrabias que ignoraba constantemente las suplicas de la mujer que deseaba ayuda con algún quehacer de la casa, o por lo menos que mostrara respeto hacia su persona, o insignificantes señales que le dieran a entender que valía la pena seguir conservando un matrimonio que ya estaba claramente destruido, pero por razones de haber crecido en una familia conservadora sentía el deber de mantener a toda costa la imagen de esposa y madre abnegada. Situación que generó una fuerte tensión en Ruth, y la cual aumentó cuando se enteró que su marido salía con una compañera de trabajo mucho más joven que ella. Sentía una profunda decepción. Había sido un apoyo incondicional para que su marido destacara en su área de trabajo mientras ella terminaba rezagada en su vil laboratorio; trabajando por su cuenta después de haber sido despedida por un mal entendido.

Ruth estaba sola y devastada. Dalila pasaba la mayor parte del tiempo en clases particulares, y Octavio en el trabajo, o con aquella joven que llenaba de detalles, halagos, caricias, y a la que le mostraba la actitud correspondiente a la etapa del enamoramiento. Pero con el pasar del tiempo se aburriría también de ella, al igual que lo hizo con su mujer. Una persona que constantemente anhela la dopamina de esa índole, raras veces se queda con alguien. A parte de que era un fiel creyente de que el amor duraba lo mismo que la etapa del enamoramiento, idea que afirmaba que Octavio encontraría durante lapsos de tiempo; de entre dos y tres años y con diferentes mujeres, el amor verdadero, o, por el contrario, dependiendo de los ojos que lo ven, nunca encontraría el amor verdadero porque este va más allá de lo que duran las cosquillas o las famosas mariposas en el estómago.

Ruth buscó trabajo en diferentes lugares, solo era cuestión de esperar a que sonara el teléfono para darle la buena noticia, o por lo menos con la cita que confirmara una entrevista, no obstante, el tiempo pasó y nadie llamó, y sentada en el ático en su sillón azul zafiro tomaba café mientras pensaba en los sucesos negativos que derivaron después de llevar a casa el mueble. En una ocasión, y la cual no fue la única, presenció acontecimientos poco lógicos: había escuchado ruidos extraños provenientes de la sala, después en la cocina cuando vio claramente cuando se caían los platos y algunas tazas de la vitrina a pesar de que se suponía que estaba cerrada. También, su marido y posteriormente su hija influenciada por su padre la culpaban del deterioro familiar. Y cuando Octavio intentaba guardar las apariencias con la familia colateral se comportaba como si fuera un hombre respetable. Actitud que desconcertó a Ruth. No entendía la causa de las acciones repentinas de su marido por querer dar a los demás una imagen distorsionada del real infierno que se vivía en casa. Para en esas alturas la autoestima de la mujer ya estaba por los suelos, el hombre había logrado anularle poco a poco la identidad y el espíritu de independencia que siempre habían caracterizado a Ruth.

La mujer había notado que le faltaban algunas pertenencias y sin darle vueltas al asunto puso manos a la obra y buscó lo que faltaba: algunas joyas, ropa y artículos con un valor económico alto que habían desaparecido repentinamente. Inconforme y consciente de que ni ella ni su hija habían tomado tales cosas decidió enfrentar a Octavio. Y negó insistentemente en tener algo que ver con semejantes hechos, pero el hombre no conforme le restregó en la cara que eran preocupantes sus acusaciones y delirios, cosa que molestó más a Ruth. No comprendía qué estaba pasando, por un momento sospechó que empezaban a florecer en ella ciertas limitantes mentales. No sabía si la rareza de los sucesos presenciados en semanas anteriores en verdad había tenido solo lugar en su mente enferma. Sentía que estaba en una encrucijada, pero en lo más recóndito de su razón sabía que algo extraño pasaba en la casa, que no era su mente traspasando las reglas elementales de la cordura, debía descifrar el asunto para demostrar la veracidad de sus conjeturas. Así que se dio a la tarea de poner mayor atención en el entorno. Cada suceso extraño lo vigilaba minuciosamente, hasta tal punto que en una de esas encontró algo anormal en una de las estructuras del librero; había percibido un pequeño juguete rosado, adentro tenía un motor que provocaba los movimientos lentos y cortos del objeto. De ahí conectó una idea con otra y al final llegó a la conclusión de que el artefacto había sido quien provocó que los libros cayeran al suelo, pero ante el tamaño y la aparente debilidad del mismo para lanzarlos desde una notable distancia la llevaron a la necesidad de hacer el experimento. Y así lo hizo, y al último llegó a la deducción irrefutable de qué efectivamente, el juguete había tenido la enorme fuerza para arrojarlos al suelo. El inesperado descubrimiento la llevó a seguir con rigor las observaciones, cosa que no le fue difícil, el espíritu metódico que poseía jugaron sin duda alguna a su favor y no tardó en descubrir quién estaba detrás de los locos hechos, pero antes de eso, reveló el origen de diez sucesos más, cosa que la perturbó de una forma atroz porque sin posibilidad a la duda entendió el odio y la saña con la que alguien quería dañarla, puesto que las condiciones montadas para que lo extranormal surgiera en la casa habían sido premeditadas y con la clara intención de perjudicarla.

Instaló a escondidas de su marido una cámara para capturar evidencia necesaria y afrontar al criminal, para entonces y cuando aún desconocía al culpable, e incapaz de hacer predicciones razonables, de forma vaga culpaba a su marido, pero al mismo tiempo tenía dudas, ya que trabajaba lejos de la zona y le era prácticamente imposible maniobrar con una notoria secuencia en el tiempo, así que esperó unos días y cuando vio lo que había grabado se le intranquilizó severamente el ser, pues sorprendentemente pudo verificar que su marido estaba detrás de las tétricas circunstancias que habían contribuido para enajenarla y plantar en ella una absurda verdad, que de no haber sido por la evidencia que ahora tenía en manos, habría creído, con el tiempo, la disparatada certeza de que era ella la que había desarrollado un problema psicológico a causa del sillón azul zafiro. La angustia y el miedo indescriptible al desconocer los motivos detrás de los locos hechos le alteraron brutalmente los nervios.

Era una noche lluviosa cuando Ruth enojada y con la confianza destrozada enfrentó a Octavio. Pero negó rotundamente en tener algo que ver. En esa ocasión la situación la superó. Tomó un jarrón de cerámica y lo azotó con fuerza contra el suelo, y como últimas palabras antes de dirigirse al ático le dijo atrás de la puerta que se divorciaría de él y que tomaría medidas legales por los absurdos acontecimientos en su contra.

Octavo intranquilo y atormentado por las últimas oraciones pronunciadas por Ruth decidió ir al ático con intención de convencerla y desistiera de esas ideas, pero ella dándose ahora sí, el valor que merecía como ser humano y segura de que ya no quería en su vida aquel tormento vicioso lo ignoró por completo. E igualmente, se dispuso a echarlo del ático, pero en el acto la actitud del hombre cambió drásticamente. Le sujetó los brazos a Ruth y a pesar de que era una mujer de complexión grande logró someterla en el sillón azul zafiro. Presionó con las manos el cuello de la mujer asustada y por varios minutos mantuvo el agarre con firmeza mientras su cuerpo yacía arriba de ella. Cuando se desmayó, Octavio se levantó para respirar profundo, se tocó insistentemente el rostro y después de unos minutos de pensamientos nerviosos y compulsivos decidió alejarse del sitio. Ruth se levantó consternada del suelo y bajó trabajosamente por las escaleras. Se escondió en el sótano. Tenía planeado permanecer ahí hasta que pudiera encontrar la cámara con la evidencia recolectada.

Sentada en el sillón azul zafiro en el sótano pasaba los días y las noches, trataba de pasar desapercibida para lograr su objetivo, y en cuanto el hombre salía con su hija rumbo al colegio y al trabajo se escabullía para buscar la cámara, no obstante, temía que Octavio la hubiera hallado antes que ella y pudiera haberse desasido de la única prueba que tenía en su contra. Sus posibilidades de salir bien librada de las garras de aquella bestia eran escasas, no podía cantar su victoria, creía que ir a la policía sin pruebas le daría la ventaja a su marido para justificar una aparente locura en ella.

A la noche siguiente salió a buscar la cámara y estaba escondida en la puerta del comedor cuando vio entrar a Octavio y a su amante. En un acto impulsivo decidió jugárselo todo y los enfrentó para que le devolvieran la cámara, pero no fue capaz de intranquilizar el corazón insensible de ambos, quienes seguían disfrutando de su romántica velada mientras no reparaban en su presencia. Confundida y desesperada gritó en varias ocasiones, pero no la veían, ni la oían. Ignoraba que había muerto a manos de su marido. En ese momento su hija Dalila entró al comedor para sentarse en la mesa junto con el asesino y el cómplice del mismo. Después se enteró que los dos habían conspirado con la intención de llevarla al lado más oscuro de la locura para deshacerse de ella, y creyendo que su hija podría ser la única opción para sacar a la luz el terrible asesinato. Intentó por sus medios de fantasma, por su nueva forma adquirida, a través de la misteriosa parte que continúa después de la muerte, hacerle ver las señas de que algo estaba mal y sospechara de su padre, pero con el pasar del tiempo se decepcionó, y triste en el sillón azul zafiro lloraba con una amargura seca producto de su triste verdad. Porque los sueños le fueron arrebatados repentinamente y de una forma brutal por un ser despiadado que consideró obstáculo a la persona que se suponía era su mano derecha, su apoyo incondicional en las buenas y en las malas. Desecha por tener que sucumbir ante los deseos banales, materiales y carnales de él a través de la culminación fugaz de su existencia. Destrozada y condenada al lugar aberrante en el que se encuentra a causa de su deseo latente de ver que un fantástico día se haga justicia.

Y el hecho de que ella se haya mudado al sótano de forma repentina tenía que ver con otra explicación perturbadora, pues el infame canalla. Ahí hizo una tumba improvisada para enterrar el cuerpo, y a causa de su falso remordimiento trasladó el preciado sillón azul zafiro como una ofrenda que sirviera para calmar a la deidad divina por su atroz acto.

Octavio había planeado por meses desaparecer a su mujer, sentía que le estorbaba en los planes futuros que tenía con la amante. Estructuró cuidadosamente una serie de eventos con la finalidad de hacerle creer que estaba loca y poder quedarse con la custodia de Dalila y con el patrimonio que habían formado juntos, y para eso debía encerrarla de por vida en un manicomio, o por lo menos, que un juez la creyese loca. Pero el asunto se estropeó cuando Ruth descubrió su macabro plan, culminando al final con el feminicidio de ella. Ahora, lamentablemente circula en redes sociales y en las noticias una foto junto con una nota de desaparición de una mujer joven; de treinta años de edad, de una altura aproximadamente de un metro setenta y ocho centímetros, de cabello negro y tez morena. Mujer que desapareció misteriosamente un día lluvioso en la ciudad de México.



 


Zulema Holguín Sánchez.

Originaria de Balleza, Chihuahua. Nació el 9 de agosto de 1992 y estudió la Licenciatura en Filosofía y Maestría en Educación Superior (UACH). Actualmente se encuentra ejerciendo como profesor cátedra en la Universidad Tecmilenio.


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